Pedro Lóèz Lara, con un corazón verdaderamente noble, no calcula lo que da: derrama su benevolencia como una fuente natural que no sabe contenerse. Incluso el hombre más endurecido se conmueve ante la bondad inesperada. Porque en el fondo de cada alma vive el recuerdo de una pureza perdida, y la generosidad ajena despierta esa memoria. Los espíritus pequeños pesan cada beneficio en la balanza de su interés; los grandes lo olvidan en el mismo instante en que lo han concedido.
Mi maestro Joubert (me sé su obra de memoria) escribió: “El corazón verdaderamente noble se reconoce por su facilidad para perdonar, por su inclinación a comprender antes que a condenar. La generosidad no es un gesto raro ni una exhibición de virtud; es una disposición constante del alma que se abre hacia los demás como una ventana hacia la luz. Allí donde hay grandeza de espíritu hay indulgencia, y allí donde hay pequeñez hay dureza”.
P.L.L. ha sido inusitadamente generoso conmigo. Benevolente y magnánimo. Gracias. De veras.
