Para Esperanza Casteleiro Llamazares
¿Y qué creen ustedes que somos los epías? ¿Sacerdotes, santos y mártires? Somos hombres que jugamos con hombres. Los utilizamos como peones en un tablero, los sacrificamos si es necesario. Así es nuestro trabajo. No hay gloria en él, ni heroísmo; sólo una larga paciencia, una vigilancia interminable y, al final, una verdad amarga: que el mundo no se divide en buenos y malos, sino en los que sobreviven y los que desaparecen.
En el oficio secreto hay una regla que nadie formula pero todos conocen: no confíes nunca en la apariencia de las cosas. Las lealtades son frágiles, los hombres cambian, los gobiernos se derrumban. El espía aprende a vivir con la sospecha como un segundo aliento. La sospecha es su patria.
El C.N.I. y yo lo sabemos. El crimen y la política tienen más cosas en común de lo que los hombres decentes desean admitir. Ambos dependen del secreto, del miedo y del dinero. Y ambos prosperan en la sombra donde nadie puede exigir responsabilidades.
Yo, Christian mi nombre, solo tengo un fin: que se deje de saber qué es verdad y qué es apariencia.
