Charles 31

Aristóteles, en la «Retórica»: “La compasión es un cierto dolor ante el mal que parece destructivo o doloroso, que le ocurre a quien no lo merece y que uno mismo podría esperar sufrir o alguno de los suyos. Por eso sentimos compasión especialmente por quienes son semejantes a nosotros en edad, carácter, posición o familia; pues entonces creemos que aquello podría sucedernos a nosotros mismos”.

Cicerón resume la doctrina estoica de la “sympatheia” universal en «De natura deorum»: “Existe entre todas las partes del universo una especie de afinidad y simpatía que las mantiene unidas. Nada vive aislado: cada cosa participa del todo, y el destino del mundo se refleja en cada uno de sus miembros. Así también los hombres, nacidos para la sociedad, están unidos por un vínculo natural que hace que ninguno sea extraño a otro”.

Sin olvidar a Plutarco: “Nada hay más propio del hombre que compartir el sufrimiento del otro. Porque así como el cuerpo siente dolor cuando una de sus partes es herida, del mismo modo el alma bien formada se conmueve cuando ve sufrir a otro. La benevolencia no es otra cosa que extender el propio ser hacia los demás”.

Desdichadamente, los años y la usura del tiempo han endurecido algo mis entrañas. Recuerdo a mi madre, como si fuera ahora mismo, cuando nos explicaba emocionada este canto de paz judío (Isaías 11):

“Morará el lobo con el cordero,

y el leopardo se acostará con el cabrito;

el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos,

y un niño pequeño los conducirá.

No harán mal ni dañarán

en todo mi santo monte”.

Estas citas calentaron tibiamente mi corazón como un rumor de yerba en los lagares. El pragmatismo y cierta idea de la lucidez, te alejan de antiguos ideales de amor, empatía y benevolencia. Bienvenidos sean.

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