Tengo ahora mismo ideas suicidas y pienso ahora mismo en el suicidio.
La idea del suicidio se me presenta con tanta naturalidad como antes se me presentaban los planes para mejorar mi vida. Es tan tentadora que tuve que usar artificios contra mí mismo para no ejecutarla demasiado deprisa. No guardaba una cuerda en mi habitación, para no colgarme de una viga entre los armarios; dejé también de ir a por la escopeta, para no sucumbir con demasiada facilidad a la tentación de poner fin a mi vida.
De pronto, sin advertencia, cae sobre mí una terrible angustia, acompañada del miedo a mi propia existencia. Es como si algo se hubiera roto en el universo. Me veo a mí mismo condenado a vivir en un mundo mecánico y sin sentido, y el pensamiento del suicidio aparece como una posibilidad real y concreta, liberadora.
Los estoicos exaltan la «honesta mors» [la muerte honrosa], esa que el ser humano acepta consciente y voluntariamente antes que someterse a la esclavitud. Nos referimos a un suicidio deliberadamente programado y no a uno provocado por arrebato pasional; por eso ante la comisión de la propia muerte los estoicos hablan de la necesidad de cierta prudencia, de una sabiduría previa al suicidio, ya que el hombre no debe huir de la vida, sino salir de ella (“non fugere debet e vitad, sed exigiere”)
A veces seguir viviendo es una vejación contra ti mismo ¿Por qué he de prolongar entonces una existencia miserable, por amor de alguna frívola ventaja? Si, debido a la edad, la esquizofrenia o los achaques, puedo legítimamente dimitir de cualquier cargo, y dedicar todo mi tiempo a defenderme de tantas calamidades y a aliviar, en la medida de lo posible, las miserias de mi vida futura, ¿por qué no puedo cortar por lo sano esas miserias mediante un acto que ya no perjudica a la sociedad y encima demuestra plena soberanía sobre mí mismo?
«Cuanto más voluntaria, más hermosa es la muerte. La vida no depende de la voluntad ajena, la muerte solo depende de la nuestra. En ninguna ocasión debemos acomodarnos tanto a nuestros humores como en ésta. La reputación y el nombre son cosas enteramente ajenas a una tal empresa; es locura poner ningún miramiento.Todas las enfermedades se combaten poniendo en peligro nuestra existencia; se nos corta y cauteriza; se nos quiebran nuestros miembros, se extrae de nuestro cuerpo el alimento y la sangre; un paso más, y hétenos aquí, curados para siempre ¿Por qué nos es más difícil cortarnos las venas de la garganta, que la del brazo? Los grandes males exigen grandes remedios», Montaigne.
