Siento una manifiesta incomodidad con la palabra “intelectual” (prefiero que me llamen «diletante») Los intelectuales tienen un prestigio un poco sacerdotal, casi una aureola de superioridad civil, y sin embargo la historia del intelectual moderno está llena de cegueras, vanidades, servidumbres ideológicas y vidas privadas miserables. Precisamente por eso la figura resulta tan ambigua: es una casta que pretende lucidez, pero que a menudo ha demostrado una alarmante incapacidad para ver y analizar lo real; presumen de independencia, pero caen con facilidad en modas, sectas y obediencias; predican emancipación, pero a menudo sucumben a la fascinación lacaya por el poder.
El intelectual no se limita a pensar; con frecuencia quiere decirle a la humanidad cómo vivir. Ahí está el núcleo del reproche de Paul Johnson. Su libro «Intellectuals» se presenta, precisamente, como un examen de las “credenciales morales y de juicio” de ciertos autores que se arrogaron el derecho de aconsejar a la humanidad sobre su conducta. Johnson parte de una sospecha muy simple y devastadora: ¿por qué deberíamos conceder autoridad moral pública a personas cuya vida privada, trato con los demás o juicio político fueron tan a menudo desastrosos?
La crítica más seria es esta: el intelectual tiende a confundir superioridad verbal con superioridad de juicio. Puede escribir mejor que el común, hablar con más brillo, citar más autores, levantar arquitecturas conceptuales más seductoras; pero nada de eso garantiza prudencia, ecuanimidad, conocimiento del alma humana ni capacidad para percibir la textura de lo real. La inteligencia no inmuniza contra la estupidez moral; a veces la vuelve más peligrosa, porque la dota de lenguaje brillante.
Bien entendido, el diletante -la denominación que prefiero- no es el frívolo, sino el hombre libre que no quiere convertirse en funcionario de una ortodoxia ni en burócrata del prestigio cultural. El mejor antídoto contra la pompa intelectual es una mezcla de curiosidad, ironía, conversación, gusto, experiencia, lectura amplia y desconfianza hacia toda aureola. El intelectual solemne se vuelve insoportable porque deja de amar la verdad y empieza a amar su papel. El diletante, en cambio, todavía puede permitirse el lujo de buscar sin investirse de pontífice.
“Los hombres cuya función es defender valores eternos y desinteresados —la justicia, la verdad, la razón— han abandonado esa misión para ponerse al servicio de pasiones políticas. Los intelectuales, que durante siglos se mantuvieron al margen de las luchas temporales, han entrado ahora en la arena de los intereses colectivos y de las ambiciones nacionales. El resultado es que aquellos cuya tarea era recordar a los hombres que existen verdades universales se han convertido en propagandistas de la raza, del partido o del Estado. Los clérigos han traicionado su vocación”, Julen Benda.
“El intelectual moderno siente una irresistible atracción por las doctrinas que prometen explicar la totalidad de la historia y del mundo. La sed de sistema es una tentación permanente. Cuando el intelectual pierde el sentido de la duda, la ideología se convierte para él en una religión secular. Entonces ya no analiza los hechos: los interpreta según la fe que ha adoptado”, Raymond Aron.
“El intelectual típico no es necesariamente un especialista profundo ni el creador de nuevas ideas. Su función consiste más bien en ser intermediario entre los expertos y el público. Es el transmisor profesional de las ideas. Pero precisamente por no estar ligado a la experiencia concreta ni a la responsabilidad práctica, suele sentirse atraído por los sistemas generales y por las soluciones simples a problemas complejos”, Hayek.
El intelectual suele tener gran habilidad verbal y gran ambición moral, pero poca experiencia práctica y escasa humildad. Por eso es particularmente vulnerable a las ideologías grandiosas y a las utopías. Puede ser un observador brillante, pero también un profeta equivocado con enorme influencia. Y quizá la frase más certera sea esta de Aron: “El drama del intelectual es que ama las ideas más que los hechos.”
