Hay vidas que se pierden en mil direcciones. La mía ha tenido un centro, con cuatro ejes: estudiar, leer, escribir y el afecto familiar. Montaigne escribió en su torre; Kant apenas salió de Königsberg; Emily Dickinson vivió prácticamente recluida; Pessoa trabajó en una oficina. Y, sin embargo, sus vidas no fueron pequeñas. Conviví mentalmente con Horacio, Catulo, Tácito, Maquiavelo, Montaigne, Schopenhauer, Nietzsche, Kavafis, Eliot, Pessoa, Woolf. Eso significa que mi vida interior ha sido muy amplia, aunque la exterior fuese limitada. Hay un error moderno muy común: confundir vida intensa con vida socialmente visible. Pero la historia intelectual demuestra lo contrario. A veces la vida más rica ocurre en silencio, en tu gabinete de lectura, con un libro abierto.
En cierto sentido admito que mi vida fue limitada, parca en experiencias. Sedentarismo, aislamiento, enfermedad mental; pero cualquier vida es limitada. Fue una vida coherente, consciente, intelectualmente fértil. Si tuviera que resumirla con una frase: No ha sido una vida espectacular, pero sí fue una vida digna.
Montaigne, mi maestro y compañero, describe su retiro para leer y pensar: “Me retiré a mi biblioteca, donde paso la mayor parte de los días de mi vida. Allí hojeo ahora un libro, ahora otro, sin orden ni propósito; a veces sueño, a veces escribo y a veces dicto mis pensamientos. No busco más que vivir a gusto conmigo mismo. Si he pasado mi vida observándome y examinándome, no habré vivido inútilmente».
Habité el reino de las ideas, con las mejores mentes de todos los siglos. Qué placer extraordinario fue leer sin interrupción, seguir el curso de un pensamiento, sentir cómo la mente se ensancha y se llena de voces de otros tiempos. El espíritu humano encuentra en los libros una especie de patria. Los libros contienen el registro de las mejores horas de las mejores mentes.
Mi vida ha sido feliz porque ha estado consagrada al estudio. Entre libros he encontrado el más constante de los placeres y el más noble de los trabajos. No leo para retener nada; leo para gozar. Hojeo ahora un libro, ahora otro; a veces solo leo unas páginas, a veces abro al azar y dejo que el pensamiento del autor me sorprenda. Así converso con los antiguos y me acompaño de ellos. Siempre tengo un volumen a mano, y vuelvo una y otra vez a los mismos autores que más amé.
Compré los ocho volúmenes de la obra de Gibbon. Tapa dura con sobrecubierta. Espero leerlos en estas noches de piedra invernales de mi aldea gallega. Sentir la fuerza física de sus frases. Llenar de calor mi corazón.
En cierto sentido, mi vida ha sido exactamente eso: una relectura prolongada de esos libros amados. Y no fue, bien se lo aseguro señores, del todo infeliz.
