No me contento con recibir palabras; necesito añadir otras al gran río, caudaloso y bullente, del lenguaje. Una necesidad que tiene algo de feliz fatalidad.
Si lo pensamos fríamente, escribir es una actividad extraña. Ni produce riqueza inmediata, ni garantiza reconocimiento.Y, sin embargo, miles de hombres y mujeres han dedicado su vida a ello. Probablemente porque escribir produce una forma muy particular de intensidad cerebral. Una tensión que se acerca a una forma de oración, a una tensión dentro de ti, que, si no fluye, el día parece inútil y detenido, y aburrido y melancólico.
La conciencia del escritor es una segunda respiración. Escribes porque algo dentro de ti no tolera al oprobioso silencio. La mente busca un leve orden entre una energía caótica que desarregla tanto tu habitación como las galaxias. Confías en la cadencia y euritmia de sílabas y párrafos. Murmuras. Borras, rectificas, tachas, añades. Algunos hombres sentimos que no podríamos vivir de otra manera.
¿Locura? Yo no me siento ahora mismo tranquilo ante la pantalla. Invoco no sé qué, ni sé de qué manera, a una divinidad poseída por las palabras. Pruebo ritmos, saboreo el contorno melódico de las frases. Casi parezco un mago preparando un sortilegio. Me exalto, hablo solo, enloquezco. Vueltas y vueltas de derviche.
La escritura. La pasión absoluta de mi vida.
