Charles 67

Irritabilidad, sensación de vacío, inquietud motora, dificultad para concentrarse… ¡estoy sin tabaco y sin café! Daría un golpe de estado plenipotenciario.

El café se introduce en el estómago y enseguida todo se pone en movimiento: las ideas marchan como batallones de un gran ejército en el campo de batalla… Los recuerdos avanzan, las comparaciones se despliegan, la imaginación se enciende, las ideas crepitan en avalancha regular, la voluntad se sosiega. Pero cuando falta el café, el cerebro cae en una especie de languidez y sopor mortífero; los pensamientos se arrastran con pesadez y el trabajo se vuelve imposible, el alma es menos ágil, la inteligencia menos penetrante. Palabras sin cafeína son como sol al que no sigue su sombra. El café es un combustible que alimenta la maquinaria de la creación. Siento sin él un vacío interior, una muy molesta pereza nerviosa.

Y, sin el humo del cigarrillo, ¡cómo acompañar el ritmo, el curso y las sinuosidades de las frases! Sin tabaco la mente se distrae e inquieta, no encuentra el nombre, el verbo ni el adjetivo. Falta algo esencial. El pensamiento se vuelve menos fluido y el humor más sombrío. No se trata sólo de un hábito físico: el cigarro ha llegado a formar parte del tempo, de la melodía, del metrónomo y los compases del trabajo mental.

Sin café y sin tabaco las idean permanecen en la sombra, dormidas, incapaces de moverse. Voy a enloquecer.

Deja un comentario