Charles 68

¡YA TENGO EL CAFÉ Y EL DUCADOS! Me sirvo el café, y ese café, cuyo perfume delicado parece contener ya la expresión de estas palabras que escribo, lo sorbo lentamente, con suave morosidad, con sinestesias de atmósfera intelectual, como si cada sorbo quisiera prolongar mi literatura. El vapor asciende en espirales ligeras, y mientras las cucharillas golpean suavemente la porcelana, las frases comienzan a desperezarse con esa lentitud reflexiva que solo poseen las letras (amarillas, verdes, caobas) que saben que no tienen prisa. Comprendo que el café no es simplemente una bebida, sino una especie de preludio a los sintagmas y las preposiciones: algo que prepara al espíritu para la emoción estilizada de un placer verbal, para la observación benevolente de un adjetivo aplicado a un lunar en el recuerdo de un amor.

Bebido el café encendió el cigarrillo con una pequeña inclinación de cabeza, como si se tratara de un gesto ritual aprendido hace mucho tiempo en tiempos de belleza y arquitectura barroca. Durante un instante el fósforo ilumina mi rostro con un resplandor rojizo y efímero, y luego el humo comienza a ascender en delicadas espirales azuladas que parecen dudar entre permanecer en el aire o desaparecer. Sostengo el cigarrillo, no con negligencia, sino con una disciplina atenta, y las volutas helicoidales traducen formas visibles del pensamiento y del gusto por la bibliofilia. Y mientras pienso y escribo estas líneas, cada frase parece acompañada por una ligera nube que se deshace lentamente, como si las palabras necesitaran también evaporarse en el pozo del tiempo que huye.

Escribo con la calma reflexiva que parece dar a cada palabra una importancia particular. Se despeja mi mente, se aligera, pierde sus grumos, flota como en ingravidez. El cigarro, sostenido entre los dedos, se convierte en una especie de puntuación visible de mis frases: una pausa, una observación, una ligera sonrisa que se pierde entre las volutas mágicas del humo.

Hay algo profundamente pacífico y civilizado en este gesto cotidiano: fumar, beber café, dejar que las palabras fluyan sin urgencia. Es como si el tiempo hubiera sido suavemente detenido para permitir que la mente vagara a su antojo y hallara su verdadero destino.

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