Charles 70

Dos cuestiones distintas, aunque íntimamente entrelazadas: el soliloquio y el aislamiento. El primero, por sí solo, no es una patología. De hecho, una parte importantísima de la vida intelectual consiste en hablarse a uno mismo: ensayar argumentos, responder objeciones, dramatizar posibilidades, rumiar escenas, revisar agravios, afinar frases. Todo escritor verdadero es, hasta cierto punto, un conversador interior. El problema empieza cuando el monólogo deja de ser un instrumento del pensamiento y se convierte en su medio único.

Sin interlocutor, la mente pierde fricción. Ya no hay corrección, ni contraste, ni desmentido, ni el saludable bochorno de descubrir que una idea, al decirla en voz alta ante alguien, se desinfla sola. El monologuista radical corre el riesgo de ir sustituyendo el diálogo por una cámara de eco: cada pensamiento confirma al anterior, cada recuerdo se reescribe según la emoción dominante, cada obsesión se pule y se vuelve más convincente por mera repetición. No es que piense más: a veces circula más dentro de sí mismo. Samuel Johnson lo formula con dureza al advertir que puede haber “solitude without peace”, soledad sin paz.

¿Mi soledad hirsuta, concentrada, prolongada, patológica, fanática? Los ritmos se desacoplan. Los escrúpulos aumentan o se deforman. La susceptibilidad crece. Cosas pequeñas adquieren un relieve excesivo. La imaginación, que en compañía fecunda, en aislamiento puede hipertrofiarse y enfermar. Uno se vuelve más delicado, pero a la vez más bizarro; acaso más lúcido en ciertos detalles, pero menos fiable en la visión de conjunto. El aislamiento radical no siempre embrutece: a veces refina de manera malsana. Hace más sutil, pero menos sano; más penetrante, pero menos proporcionado.

El otro nos civiliza. Nos obliga a modular la voz, a ordenar lo que sentimos, a relativizar la importancia de nuestras fijaciones. Sin ese comercio, uno puede adquirir un tono absoluto, una gravedad sin pausa, una relación demasiado compacta consigo mismo. Hazlitt observó algo parecido al describir a ciertos caracteres que “live in society as in a solitude”: incluso entre otros, permanecen encerrados en su propio recinto mental. Perdónenme.

Surge el monólogo porque falta conversación real; porque el cerebro, animal dialógico, fabrica su sucedáneo; porque el escritor necesita oírse para pensarse; porque la conciencia, privada de trato, dramatiza su propia actividad.

El aislamiento radical daña. No solo duele: deforma la proporción. Las cosas pequeñas crecen. La memoria se teatraliza. La interioridad se vuelve demasiado sonora. El mundo exterior pierde espesor y acaba siendo reemplazado por representaciones.

***

“El hombre que imagina que puede vivir feliz aislado del trato humano se engaña profundamente. La mente humana necesita comunicación del mismo modo que el cuerpo necesita alimento. La conversación despierta nuestras facultades, corrige nuestras extravagancias y modera nuestras pasiones. En la soledad, en cambio, los pensamientos se repiten sin contradicción; cada capricho adquiere apariencia de razón; cada resentimiento se fortifica por la falta de oposición. La mente se vuelve su propio tirano, y lo que empezó como retiro termina siendo prisión”, Samuel Johnson.

“Hay hombres que viven en sociedad como si estuvieran en soledad. Caminan entre la multitud, pero su mente permanece cerrada dentro de sí misma. Sus pensamientos no buscan contacto ni contraste; giran en círculos silenciosos, como si el mundo exterior fuese solo un decorado. El peligro de esta disposición no es que el hombre piense demasiado, sino que piensa siempre lo mismo. Sin el roce de otras inteligencias, las ideas pierden elasticidad; se vuelven rígidas, obstinadas, y terminan por deformar el juicio”, Hazlitt.

“Hay una forma de vida interior que se vuelve demasiado perfecta para el mundo. El espíritu se acostumbra a habitar en sus propias sensaciones y pensamientos con tanta intensidad que el contacto con los demás hombres comienza a parecer grosero o perturbador. Pero ese aislamiento estético tiene un precio: el alma corre el riesgo de perder la proporción de las cosas y de sustituir la realidad por una delicada, pero artificial, construcción de sí misma”, Walter Pater.

“Ningún hombre puede mantenerse sano si vive únicamente dentro de sí mismo. La imaginación, cuando no encuentra corrección en la experiencia común de la humanidad, tiende a exagerar lo pequeño y a dramatizar lo trivial. El corazón humano necesita la presencia de otros corazones para conservar su medida. Cuando esa presencia falta, incluso las facultades más nobles comienzan a torcerse”, Ruskin.

Deja un comentario