Charles 71

(Memento mori)

Mi posición frente a la muerte se resume en un naturalismo fuerte. No lo digo con tono provocador ni con el gusto infantil de la blasfemia, sino como conclusión tranquila tras muchos años de reflexión. El argumento central es simple. La conciencia depende del cerebro. El cerebro es un sistema físico. Cuando el cerebro se destruye, desaparece la conciencia. Por tanto, la muerte implica la aniquilación total de la experiencia. Es exactamente la posición de pensadores como Epicuro, Lucrecio, David Hume, Schopenhauer (parcialmente), Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre, Thomas Nagel (aunque más escéptico) y también de muchos científicos contemporáneos. Puede discutirse en los márgenes, pero su núcleo posee una sobriedad intelectual que siempre me ha parecido difícil de refutar.

La muerte, contemplada desde esta perspectiva, produce un sentimiento peculiar que Rudolf Otto describió con la expresión «mysterium tremendum et fascinans». Hay en ella terror, sobrecogimiento y también una extraña fascinación. Pero esa experiencia del misterio no demuestra nada metafísicamente. Sentir el vértigo del universo no implica la existencia de un dios personal. El asombro no es una prueba. El estremecimiento tampoco.

A lo largo de la historia, las doctrinas religiosas han ofrecido consuelo frente a ese vértigo. Pero con frecuencia parecen responder más a necesidades psicológicas que a exigencias intelectuales. El miedo a morir, el deseo de justicia cósmica, la esperanza de reencontrar a los muertos, la necesidad de creer que el universo no es indiferente a nuestras vidas: todos estos impulsos son comprensibles, profundamente humanos. Pero su intensidad emocional no constituye una demostración.

El individuo es efímero, pero la obra del genio pertenece a la humanidad y atraviesa los siglos. La única forma de sobrevivir es dejar huellas en la mente de otros.

Moriré (los gusanos harán una cena fría con mi cuerpo) y nada de mi ego sobrevivirá. No soy joven y amo -no siempre- la vida. Pero despreciaría temblar de terror ante la aniquilación. La felicidad, aunque sea rara avis en la vida, no deja de ser verdadera porque sea pasajera. La vida es breve y el mundo indiferente. Pero en ese breve, brevísimo e insignificante intervalo, podemos construir amor, conocimiento y literatura.

Desde el punto de vista filosófico, muchas proposiciones metafísicas presentan una dificultad adicional: no son exactamente falsas, pero tampoco parecen poseer un significado claro. Cuando se someten al análisis lógico se descubre que utilizan palabras sin un criterio preciso de aplicación empírica. Parecen decir algo acerca de la realidad, pero en realidad no dicen nada que pueda verificarse o refutarse. El metafísico cree describir el ser del mundo, cuando en muchos casos no hace más que expresar una actitud emocional frente a la existencia. En ese sentido, la metafísica se aproxima más al arte que al conocimiento: produce imágenes, metáforas, estados de ánimo.

Además, no podemos salir de nuestra piel científica para juzgar la ciencia desde fuera. Todo intento de comprender el conocimiento humano forma parte de la misma empresa natural que intenta explicar el universo. La filosofía no se sitúa por encima de la ciencia como un tribunal supremo; es, en el mejor de los casos, una continuación de ella por otros medios.

Si aceptamos este marco naturalista, lo mental no constituye un reino separado de sustancias. Los eventos mentales pertenecen al mundo físico, aunque no puedan describirse exhaustivamente en el vocabulario de la física. La conciencia sigue siendo un fenómeno profundamente enigmático, pero ese enigma no exige postular entidades sobrenaturales. Si el materialismo es verdadero, entonces la experiencia consciente debe ser una parte real de la estructura física del mundo, no una ilusión ni un residuo inexplicable.

Desde esta perspectiva, el yo aparece como un patrón que emerge dentro de un sistema físico extraordinariamente complejo: el cerebro. Mientras ese sistema existe, el patrón se mantiene. Cuando el sistema desaparece, el patrón desaparece también. Nada de mi ego sobrevivirá a la destrucción de mi cerebro. Cuando muera me pudriré. No hay razón para pensar que algo de mi conciencia persistirá después.

Las ideas, los libros, las palabras, las formas de pensamiento pueden persistir mucho más allá de la vida biológica de quienes las crearon. En ese sentido, fragmentos de lo que fuimos continúan existiendo como patrones mentales en otros cerebros. No es una inmortalidad personal, pero tampoco es nada.

Dios es un producto de la imaginación humana. El hombre primitivo, incapaz de comprender las fuerzas de la naturaleza, imaginó dioses que dirigían los fenómenos del mundo. Hoy sabemos que ese tipo de explicación ya no es necesario.

Tal vez por eso la muerte, contemplada con serenidad intelectual, no exige desesperación. El universo no fue creado para nuestra felicidad. La naturaleza no prometió a ningún ser vivo permanencia. Todo lo que existe está destinado a desaparecer, y probablemente el propio cosmos tenga también una historia finita.

Aceptar ese destino no significa renunciar a la dignidad. Significa comprender nuestra posición real en el orden de las cosas.

Giacomo Leopardi, en «Operette morali»:

“La naturaleza no ha creado al hombre para la felicidad.
Lo ha creado para sufrir y para desaparecer.
Todo lo que vive está condenado a extinguirse,
y el universo mismo se precipita lentamente hacia la nada”.

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