Charles 74

Renuncié al amor, a la familia o a los hijos no por egoísmo, sino por miedo a dañar. Uno es lúcidamente consciente de su desorden, de su propia fragilidad, de sus taras e innumerables limitaciones, y quiere evitar la heredabilidad o transmisión de ese dolor. Creo que pudiera existir algo honorable en esa renuncia cuando no se formula como pose, sino como escrúpulo real. Mi soledad dolorosa es un bien porque solo valgo para hacer desgraciados a los demás. Por mí sufrieron mucho mis padres, mis hermanas; la culpa me roe por dentro.

Necesito ternura, una estructura afectiva, estabilidad, pero soy incapaz de querer bien. Lo bueno que he hecho por la humanidad es autocondenarme al feroz aislamiento.

Mi vida interior es demasiado turbia y pesada para arrastrar a una mujer por ella. No deseo desgraciar a criaturas inocentes. El matrimonio es la forma suprema de afirmación de la vida; pero yo soy un muerto viviente. No puede ofrecer una vida regular y estable dada mi dislocación de esquizofrénico crónico. Hay hombres que no nacen para el hogar. No por desprecio de la ternura, sino porque llevan dentro una inquietud morbosa, desgarrada, que acabaría por destruir aquello que aman.

Me aguijonea la conciencia de una vida demasiado infeliz, chata y pobre.

Deja un comentario