Charles 75

No tengo ganas de nada. Me aprieta y ahoga la enredadera de un árbol; y no puedo ya apenas respirar. Siento que me desollan con conchas de ostras. Nadie espera realmente por mí. Mi cuerpo está hueco. O, seguro, en lugar de sangre, tengo un apestoso bulto de petróleo y heces. Detesto la vida con obstinación. La oscuridad es tan espesa que resulta imposible distinguir las formas del mundo. La tristeza es mi huésped; un huésped en harapos que habla un idioma ininteligible. El mundo se retira; solo quedan colgajos secos y esqueletos de pensamientos obsesivos. No hay sabor, ni relieve, ni un mínimo impulso en el corazón.

La imaginación (lo deduce la experiencia) pinta los objetos con colores más negros de lo que son en realidad, y el espíritu, atrapado en esa visión, se persuade de que el mundo entero está hecho de tristeza. Las ocupaciones que antes me sostenían se vuelven pesadas como cargas; los libros y la música son actividades inútiles, sin pasión; y el vómito lingüístico es otra vez repetitivo, redundante. Una sombra persistente y una inquietud vulnerable.

Pensamientos girando alrededor de ideas de pérdida, de culpa o de desgracia. Chaparrón de nubes oscuras que cala hasta los huesos. Lentitud, lentitud; un segundo, es una hora, un minuto, un siglo. Se retira la esperanza desnuda y gritando por el patio de butacas.

Necesito que me «acuruxe» mamá. Que me dé su mano celestial y memorable y acaricie a su vez mi mano. Necesito su incondicional apoyo sin medida.

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