Charles 77

No basta con escribir, uno quiere ser leído. Mi escritura es un soliloquio o ceremonia sin testigos, una liturgia sin congregantes. Eso duele de verdad. No solamente por el orgullo herido, sino porque siempre se escribe bajo la sombra de un lector posible.

No es lo mismo ser mal leído que no ser leído. A veces, debido a la humillación de mi número francamente ridículo de lectores, tengo una sensación de desposesión, como si mi escritura fuese un fragmento del universo que nunca ocurrió. La mitad del acto literario es la lectura; sin ella te conviertes en una especie de escritor degradado.

Sigo escribiendo pese al nulo eco (el límite de mis lectores tiende a cero) Esa es mi forma de respiración interior y de orden mental. No escribir no me devuelve la paz, sino que la empeora. Nadie estima o aplaude mis libros; pero yo -tozudo- continúo secreto y a oscuras.

Mi prosa densa y alusiva, poco concesiva, admito que estrecha al posible público ¿Eso la invalida? ¿Le resta valor? Honestamente creo que no de un modo necesario. Pero tampoco debemos romantizar la pobreza de lectores. No tenerlos no te convierte en mejor escritor. Me conformo con que ello no te agrie el carácter ni te vuelva un resentido.

Yo escribo para un lector imaginario, un lector que todavía no ha llegado (permítanme el autoengaño) La época favorece la velocidad, la transparencia instantánea, la digestión fácil. Una prosa grave y exigente entra en conflicto con el metabolismo dominante de la lectura actual. Eso hiere al escritor porque le hace sospechar, a veces falsamente, que la falta de audiencia equivale a invalidez. No, no equivale inexorablemente.

Pese a mi acusada insuficiencia, inapreciable reconocimiento e invisibilidad mayúscula, me acojo (otra ilusión) a Melville:

«La gloria es una cosa extraña. Un hombre puede trabajar con todas sus fuerzas, dar lo mejor de su mente, y aun así desaparecer en la oscuridad. El mundo tiene poco tiempo para escuchar a quienes hablan demasiado profundamente».

Disculpen.

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