Charles 78

A veces mi escritura se vuelve muy cargada, churrigueresca, acumula metáforas y busca una intensidad sin las precisas pausas. Eso la daña. El exceso retórico es un handicap para la buena literatura, pues la fuerza reside en decir menos. También peco de alguna que otra lunática sandez. No sé si soy un escritor mediocre o bueno.

A veces pienso que mi exacerbada sensibilidad, mi obsesión por la verdad interior y la constante autocrítica podrían -acaso- situarme en la categoría de escritores no malos. Porque escribo porque no puedo no escribir, y eso acaso sea un rasgo auténtico. Los lectores, el tiempo y el azar cultural sentenciarán.

Empujo palabras como si fuesen pesadas piedras. Me releo y advierto que mi literatura es un río en el que los buscadores de oro solo encontrarán pepitas ridículas. Nací a la literatura mortificado por la crítica. De niño escribí un cuento, y, al leerlo en clase, el silencio de plomo de mis condiscípulos no fue mal aviso contra los desvaríos barrocos.

Baronets y jardines paisajistas, ay, mi perdición. Lectores jadeantes e infelices ante mis plúmbeos párrafos. Tal vez sea así. Tal vez mi destino literario sea ordenar con diligencia pequeñas nimiedades.

Más que una sospecha, casi una convicción: nunca escribiré nada definitivo ni esencial.

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