Mi geografía ha sido esa ciudad poblada de fantasmas ilustres llamada biblioteca. Otros estuvieron en islas con montañas cubiertas de bosques que descendían en pendientes verdes hasta el mar azul profundo; donde los valles se abrían como pasajes secretos entre murallas de vegetación exuberante. O el aire estaba impregnado de perfumes desconocidos, y los árboles parecían pertenecer a una creación distinta, más antigua y más rica que la nuestra. Mi geografía son miles de horas pobladas leyendo gruesos volúmenes.
Otros vieron las cúpulas y los minaretes que se elevan entre brumas violetas; el Bósforo que se desliza silencioso entre orillas de jardines y palacios. Los barcos pasando como sombras. El cielo con un azul tan suave que ni el agua es capaz de reflejarse. Todo como envuelto en una melancolía infinita.
El drama esencial de mi vida no ocurrió en el exterior, sino en la conciencia. Todo me ocurrió lejísimos del lago Tanganica, del mar Arábigo, del río Limpopo, o del monte Fuji. Arrellenado en mi butaca, fui un hombre reducido a lo esencial, despojado de las ilusiones de la civilización, sumido en la ley implacable de la soledad.
Supe de la renovación del lenguaje poético por parte de Pound, del ritmo musical de diferentes personalidades verbales, de antiguas certezas y angustias religiosas desde la comodidad de mi sofá. Me heló la sangre Frankestein y Lovecraft. Oteé cómo respondía la imaginación de Wallace Stevens a la presión de la realidad. Observé cómo analizaba y revelaba su mundo Goethe.
Muy lejos de mí lagunas turquesas y palmeras. O los templos, los bazares, los carros tirados por bueyes, los mendigos y los comerciantes de la India.
Nunca permití que nadie entrara en mi biblioteca y nunca quise salir de ella.
