Se odia al que parece superior no porque haya hecho daño, sino porque su sola presencia introduce una medida incómoda. No hiere con actos, sino con evidencia. Y esa evidencia —la de que otro ha llegado más lejos— es, para muchos, insoportable.
La multitud es la mentira. En ella, el individuo pierde su responsabilidad y se permite odiar aquello que, en soledad, quizá admiraría. La nivelación es su ley: todo lo que sobresale debe ser rebajado.
En España se persigue y odia al que se levanta un poco sobre los demás, no por lo que hace, sino por lo que es. Se le rebaja, se le niega, se le ridiculiza, porque su sola presencia desmiente la cómoda igualdad de la mediocridad.
Baltasar Gracián: “Todo lo excelente es odioso a los mediocres. No pueden sufrir lo que los excede, ni perdonan la superioridad. La eminencia despierta más enemigos que la culpa, porque no hay defensa contra el agravio de ser mejor”.
Para no ser odiado yo debo templar mucho mi lucimiento. A veces, debo introducirme en la sombra, enmascararme, para no cegar con mi modesta luz y dar pábulo a agresiones.
NOTA BENE: Para completar el argumento (que abunda en la pose, muy mía a veces, de falso aristócrata) Hay inteligencias que pueden volverse muy irritantes e irrespetuosas, por lo que, en cierto sentido, hay formas de lucimiento cuyo rechazo puede ser legítimo. Además la sensación -acaso autoengaño- de que uno fue un poquito más allá intelectual o culturalmente que la media, a no pocas personas les causa admiración y nulo odio.
