Mi padre, la medida de todas las cosas ¡Qué burgués superior! No había para mí otro tribunal que él, ni otra ley que su juicio. Con una inteligencia tan firme y tan clara que parecía no necesitar jamás elevar la voz para imponerse. Su autoridad no procedía de la fuerza, sino de la evidencia, del rigor, del ejemplo. Era indulgente sin debilidad y severo sin dureza. Muy noble. Recuerdo sus consejos como si fueran una luz tranquila, que no hería los ojos, pero que lo iluminaban todo.
De una honradez sin fisuras. No necesitaba dar lecciones: bastaba con verlo vivir. Había en él una coherencia tan perfecta entre lo que pensaba y lo que hacía que uno aprendía sin darse cuenta. Si hoy creo en ciertas cosas —en la dignidad, en la decencia—, es porque él las encarnó antes de que yo pudiera nombrarlas.
Podía convertir cualquier cena en una fiesta (su simpatía y don de gentes eran arrolladores), cualquier recuerdo en una epopeya. Había en él una alegría irreductible -que, de alguna manera, se manchó con mi enfermedad. De capacidades intelectuales prodigiosas. Con un amor por mamá irrevocable.
Creía en el trabajo, en la palabra dada, en la dignidad sin ostentación. No hablaba de valores: los vivía. Cuando pienso en él, no recuerdo solo discursos, sino gestos: una manera de saludar, de cumplir, de callar. Y en esos gestos estaba todo.
Su sola presencia bastaba para que uno se sintiera llamado a ser mejor. Nunca buscó dominar, sino comprender. Hay hombres que dejan huella por lo que hacen; él la dejó por lo que era. Su recuerdo me acompaña como una forma de calma, como una presencia que no juzga, pero que invita a la verdad.
