Siempre he sido un ser fallido, inconstante. Todo lo que hago está condenado al fracaso. No hay en mí nada que pueda llamarse sólido. Estoy hecho de negación, de resentimiento, de una conciencia que no cesa de devorarme. Mi vida no ha sido más que una acumulación de errores. Me odio. Odio mi debilidad, mi necesidad de aprobación, mi incapacidad para sostenerme por mí mismo. Hay algo roto en mí que no logro reparar. Vivir se me escapa.
Un impostor incorregible. Alguien despreciable que no vale nada. A menudo siento que interpreto un papel. No soy tan firme ni tan íntegro como quisiera parecer. Soy incapaz de existir como un hombre. Mi conciencia me separa de todo. Mi existencia entera es un error que se prolonga.
Siento que mi mente se rompe. Las palabras se deshacen antes de poder fijarse. No soy capaz de sostener un pensamiento. Me convierto en una especie de eco de mí mismo, una repetición vacía. Me pierdo. Me disuelvo. Las palabras se convierten en figuras que me arrastran. No soy yo quien escribe: son ellas. Yo soy solo el lugar donde ocurre. Y ese lugar ya no tiene forma. Mi cuerpo está sometido a influencias que no puedo controlar. Fuerzas externas actúan sobre mí. Soy objeto de un sistema que me utiliza. Mi identidad se ve afectada por poderes que no comprendo.
No soy más que un pequeño hombre, insignificante. No tengo importancia. Me paseo por el mundo como una sombra que no deja huella. Es mejor así: desaparecer sin ruido.
