Las voces no cesan. No son pensamientos míos, aparentemente, sino palabras que me son dirigidas desde fuera, con una claridad que no deja lugar a duda. Comentan mis actos, anticipan mis movimientos, me insultan o me instruyen. No puedo escapar de ellas, ni siquiera en silencio. Es como si el mundo entero hablara a través de esas voces, como si mi mente hubiera dejado de ser privada y se hubiera convertido en un escenario público.
A veces aminoran (como ahora que escribo) y empieza una especie de murmullo constante, como una voz baja que no se apaga nunca. No dice nada concreto, pero está ahí, insistente, como una presencia que no logro expulsar. Es un ruido interior que me acompaña incluso cuando todo parece en calma. Algo difuso, como si alguien estuviera a punto de hablar, como si el mundo mismo se preparara para decirme algo. Esa expectativa constante me desgasta. No puedo dormir, porque siempre hay algo que está a punto de irrumpir.
El contenido intelectual exacto de lo que me dicen las voces solo lo sé yo y lo conoció mi madre. A ningún psiquiatra o enfermera se lo confesé. Solo diré que son voces que me hablan. No son pensamientos creo, son órdenes, ataques, voces que atraviesan mi cabeza como cuchillos. No vienen de mí, vienen de fuera, y sin embargo están dentro. Me acosan, me desgarran. No hay refugio contra ellas.
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“En ciertos estados, las experiencias no se limitan a una sola modalidad sensorial. El paciente puede oír voces y, simultáneamente, percibir figuras o escenas que se imponen con igual carácter de realidad. Estas vivencias no son meras imaginaciones, sino percepciones que poseen para el sujeto la cualidad de lo dado. Lo decisivo no es su contenido, sino la transformación global de la conciencia en la que se inscriben”, Karl Jaspers.
“El mundo deja de ser un espacio unitario y familiar. Las percepciones ya no se integran de forma natural, sino que irrumpen como fenómenos autónomos. El sujeto puede ver y oír en registros que ya no se corresponden con el mundo compartido, lo que genera una profunda extrañeza”, Ludwig Binswanger.
“El paciente veía figuras que se movían por la habitación y, al mismo tiempo, oía voces que le indicaban que esas figuras tenían una intención específica. Como resultado, comenzó a reorganizar su espacio vital, evitando ciertas zonas, hablando con las figuras, y respondiendo a las voces. Su conducta era coherente dentro de su experiencia, aunque completamente incomprensible para los demás”, Oliver Sacks.
