Durante años (sobre todo cuando vivían mis padres y por no avergonzarlos) oculté o falseé mis síntomas por miedo a ser rechazado, a ser considerado incapaz. Pero comprendí que ese silencio era una forma de prisión. Hablar de mi enfermedad no me definía menos como persona; al contrario, me permitía ser una persona completa. Quería que otros supieran que se puede tener una mente fracturada y, sin embargo, llevar una vida con sentido. Que la enfermedad no agota la identidad.
También decidí hablar porque el silencio alimenta el estigma. Mientras la enfermedad mental se mantenga oculta, seguirá rodeada de miedo y de incomprensión. Quería mostrar que detrás de los diagnósticos hay personas, con inteligencia, con sensibilidad, con vidas complejas. No somos caricaturas, ni peligros, ni sombras: somos seres humanos.
Escribir sobre la enfermedad es una forma de darle forma, de hacerla visible, de impedir que nos destruya en silencio. Lo que no se dice se vuelve más poderoso; lo que se nombra puede ser, al menos en parte, comprendido.
No escribo para justificarme, sino para existir. Si no escribiera lo que me ocurre, desaparecería en el silencio. Escribir es mi manera de permanecer.
No romantizo la experiencia. Es dura y cruel. Mucha gente reacciona con incomodidad, miedo o paternalismo. Eligo un grado de exposición más alto que bajo. Sé lo que arriesgo. No quiero que nada más me haga callar.
