A María José Vidal Prado
Lo que más me sorprende no fue el dolor de la enfermedad, sino la distancia que se abría entre el paciente y el médico. Los psiquiatras, incluso los mejores, pueden hablar con precisión clínica sobre la manía o la depresión o la esquizofrenia, pero hay algo en la experiencia vivida que escapa a su lenguaje. A menudo uno tiene la sensación de ser observado desde fuera, como si la intensidad de la propia vida hubiera sido reducida a una serie de síntomas enumerables. La medicina necesita categorías; el sufrimiento no las reconoce.
En el hospital, la identidad se convierte en algo prescindible. El nombre es sustituido por un diagnóstico, y el diagnóstico por un número. Los médicos caminan entre nosotros como si pertenecieran a otra especie. No es que carezcan de compasión, sino que su compasión está organizada, reglada, contenida en protocolos. Uno deja de preguntarse quién es, y empieza a preguntarse qué le harán después.
El doctor Pons -con rasgos psicopáticos- no escuchaba lo que yo decía. Escuchaba algo que ya había decidido que yo diría. Sentí que mi mente era un objeto defectuoso que debía ser arreglado, jamás comprendido. Y eso era lo peor: que la cura parecía consistir en hacerme aceptable, no en hacerme verdadero.
El médico se convierte en juez: no solo describe, sino que decide quién pertenece al orden de la razón y quién debe ser apartado. La clínica es, en este sentido, un espacio moral antes que científico (Foucault) Lo que llamamos enfermedad mental no es una enfermedad en el sentido médico tradicional, sino un conjunto de problemas en la vida. Al medicalizarlos, transformamos conflictos humanos en patologías, y otorgamos al psiquiatra una autoridad que no debería poseer. Así, el lenguaje médico sirve para legitimar formas de control social (Thomas Szasz)
La institución no busca curar, sino domesticar. Todo lo que sobresale, todo lo que no encaja, es limado hasta volverse inofensivo. Y los médicos, con sus batas limpias y sus palabras tranquilas, participan en ese proceso como si fuera un acto de cuidado. El diagnóstico es una forma de sentencia. No describe simplemente lo que eres: lo fija, lo inmoviliza, lo convierte en destino. El médico escribe, y lo escrito pesa más que la vida misma.
Yo no soy una enfermedad ni un diagnóstico. Mi experiencia no se reduce a una serie de conceptos del DSM-5-TR. Existe siempre un resto incomprensible, una interioridad que escapa a toda supuesta y falsaria objetivación. No debo ser analizado desde fuera, sino comprendido desde dentro. La psiquiatría fracasa cuando olvida que trata con formas de existencia, no con meras alteraciones funcionales.
No soy un expediente: soy una conciencia que aún no ha encontrado su forma en vuestro lenguaje.
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Antonin Artaud, «Cartas desde Rodez»: «No acepto que se me trate como a un enfermo. No estoy enfermo: estoy separado. Separado de vuestra realidad, de vuestro lenguaje, de vuestra manera de ordenar el mundo. El médico pretende devolverme a lo que él llama lo normal, pero ¿qué es lo normal sino una construcción miserable, un acuerdo tácito entre hombres que temen mirar más allá de sus límites? Me han sometido a electrochoques como si quisieran borrar en mí no un delirio, sino una verdad que les resulta insoportable. El psiquiatra no cura: corrige. No escucha: ajusta. No comprende: clasifica. Yo no soy un caso. Soy un campo de batalla».
