Charles 159

(Piñor)

El pabellón huele a una mezcla de jabón barato, sudor y miedo antiguo. Tres camas por habitación, como si esperaran una inspección interminable. Algunas mujeres hablan solas, algunos hombres palmotean al aire como si espantaran demonios invisibles; otras miran fijamente la pared, como si en ella hubiera algo que nosotros no podemos ver; otros aprovechan para fumar minúsculos restos de colilla. Se echan gargajos al suelo. Es obligatorio ducharse y hacerse la cama.

Por la noche, el sonido de los pasos de las enfermeras se mezcla con murmullos, risas súbitas, llantos sofocados, o bien con un helador silencio. No sé por qué pero todo lo asocio al lenguaje fragmentado de la música dodecafónica.

Lo peor no es el dolor, sino la espera: la sensación de que algo va a ocurrir —una inyección, una llamada, un traslado, el posponerse de tu estancia— y que uno no tiene ningún control sobre ello.

El hospital es limpio, como si la limpieza hubiera sido llevada hasta el extremo de borrar cualquier rastro de vida. Las luces no se apagan del todo nunca, y ese resplandor constante hace que el tiempo se vuelva indistinguible. Las enfermeras se mueven con eficiencia, pero sin historia. Son como parte del mobiliario. Algunas de carácter más distante, otras en cambio más empáticas.

Los días no avanzan: se depositan. No hay acontecimientos que marquen el paso del tiempo, solo pequeñas repeticiones: la comida, el paseo, el silencio. El calendario pierde su sentido. Uno deja de esperar algo concreto y empieza a habitar una duración indefinida. La vida se vuelve ligera, pero también irrelevante.

Debo admitir que dentro del manicomio soy un privilegiado. Al cabo de poco me dejan salir al pueblo, y, muy poco después, estar toda la mañana en Orense. Se enteran de todo: de los pastelitos que compré saltándome la dieta, de las latas de Pepsi bebidas de más, con qué paciente congenio mejor, mis humores y estados emocionales. Eres observado minuciosamente como en un estado policial.

El trato con mi doctora no es malo. Filosóficamente tienen una orientación lacaniana, cuya lógica, por momentos, parece reflejar la propia lógica del lugar.

No suelo estar muchas semanas, y, si alguien de los que trabajan por ahí me leen, de todo corazón, y sin asomo de doblez en mi corazón, les mando un saludo muy afectuoso y cariñoso.

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