A veces pienso que si no escribiera, me volvería mucho más loco de lo que ya estoy. La escritura no elimina el tumulto, pero lo ordena, lo exorciza, le da forma, lo hace habitable. Hay en el acto de escribir una especie de disciplina del espíritu, como si las palabras obligaran a la mente, por ciencia infusa, a no desbordarse completamente. El lenguaje escrito es como una brida al caballo negro del carruaje. Escribir no es escapar de la vida, sino hacerla posible.
Escribir es un testimonio Escribo para no desaperecer. Cuando la realidad se vuelve demasiado dura, demasiado incoherente, demasiado poseída por la discordia de las voces, los delirios o la melancolía, la escritura me ofrece un espacio donde puedo reorganizar la experiencia, darle una forma y distancia y que así no me destruya.
Leemos y escribimos para comprender, pero también para sobrevivir. En momentos de crisis, los libros, la expresión, no ofrecen soluciones inmediatas, pero proporcionan una estructura, una continuidad, una forma de sostener el pensamiento cuando todo parece fragmentarse.
Durante mis episodios más oscuros, los libros fueron a menudo lo único que mantenía una conexión con el mundo. Leer no curaba la esquizofrenia, pero me recordaba que existía una forma de pensamiento más amplia, más articulada, a la que podía intentar volver. Escribir, por otro lado, me permitía comprender lo que de otro modo habría permanecido confuso e inabordable. Poner palabras a la experiencia no la elimina, pero la transforma. Lo prueba la experiencia.
Admito que, en esos estados, incluso el lenguaje parece fallar. Sin embargo, el intento de describir la experiencia —por insuficiente que sea— constituye un gigantesco acto de resistencia. Escribir deviene una forma de afirmación: la prueba de que todavía existe un yo capaz de dar fe de vida.
Cuántas veces en Piñor, tomaba un bolígrafo, pedía unos folios en administración, y escribía para comprender y objetivar el sufrimiento, para soportar el caos, para desahogarme y poner rumbo a una vida en apariencia ingobernable. Una terapia imperfecta, pero muy real.
