Charles 163

Mi infancia fue un jardín cercado, pero no por muros, sino por la ternura. Todo en ella tenía una luz propia: las mañanas eran promesas, las tardes un juego sin fin. No conocía el peso del tiempo, ni la urgencia de las horas. Vivía en una especie de eternidad doméstica, donde cada objeto parecía tener alma y cada rincón guardaba una historia secreta.

Con Proust, puedo recordar ese paraíso intacto: “Pero cuando de un pasado antiguo nada subsiste, después de la muerte de los seres, después de la destrucción de las cosas, solas, más frágiles pero más vivas, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor permanecen todavía largo tiempo, como almas, recordando, esperando, sobre las ruinas de todo lo demás, llevando sin ceder, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo”.

No hay nada más delicioso que una mañana de verano en que uno no tiene nada que hacer, ni nadie que le obligue a hacerlo. El mundo parece entonces hecho a la medida del muchacho, y cada instante se abre como una posibilidad. El balón de fútbol, los patines, el regaliz, el rumor de la vega, las campanas, el agua. Las calles de Barcelona y el mar de Sitges. El corazón abriéndose inocentemente a los placeres simples. Un donut, un tigretón, una caña de chocolate, una pantera rosa. Basta con salir a la calle, mirar los árboles, las nubes, las piedras, y ya hay suficiente para la maravilla. El niño no necesita poseer: le basta con ver, con estar, con imaginar.

En la infancia todo es comienzo. Cada día es el primero. Cada cosa es nueva, y por eso tiene una intensidad que después se pierde. Vivíamos en un estado de descubrimiento continuo, sin saber que eso era la felicidad. Todo era vasto y suficiente en aquellos días. No había necesidad de ir más lejos: el mundo estaba contenido en lo inmediato, y lo inmediato bastaba.

Después vino el tiempo. Y con él, la pérdida.

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