Instantes ilusorios y efímeros de placer frente a la corrupción y enfermedad del tiempo. Dolor, aburrimiento, desidia, desengaño supremo hasta el colapso. La nada es la única verdad. La naturaleza solo engendra dolor y muerte. “Todo cuanto hay es corrupción: el tiempo lo devora todo, la edad lo marchita todo, el uso lo gasta todo […] Nada hay que no decline; todo comienza a morir desde el instante mismo en que comienza a ser”, Gracián.
La obra devastadora del tiempo. Nos roe. Nos devora. Nos aniquila. Somos una frágil caña a la que le cuesta mucho soñar. La vida, como la historia, se limita a acumular de escombros. Vivir es ir cayendo. El mundo termina con un gemido. “La verdad de este mundo es la muerte. […] Todo lo demás es ilusión, charlatanería, anestesia. […] Se nace roto, se vive reparando lo irreparable, y se muere sin haber comprendido nada, salvo que todo estaba perdido desde el principio”, Céline.
Cuanto más se vive, más evidente se hace que todo ha sido un error. «¿Qué será de lo que hago hoy o haré mañana? ¿Qué será de toda mi vida? […] La respuesta es clara: nada. […] Todo lo que vive se destruye; y cuanto antes lo comprendí, más insoportable se me hizo la existencia.”, Tolstói. “El hombre se acostumbra a todo, incluso a lo más espantoso. […] Esa es quizá la definición más exacta que puede darse de él.”, Dostoyevski.
Pero, a pesar de todo, hay momentos —al amor de la familia, con un libro, en un día repleto de sol, en una tertulia que se alarga sin motivo— en los que uno siente que la vida es suficiente.
