Antes, la ignorancia era una limitación vivida de un modo vergonzoso; hoy es una bandera que se enarbola con orgullo. El no saber perdió su antiguo pudor. Quien ni piensa ni sabe suele pecar de un exceso de suficiencia (efecto Dunning-Kruger) Al versado y erudito, en líneas generales, le acomete el síndrome del impostor (subestima sus capacidades)
Nada de esto es completamente nuevo. Poco se cambió respecto al realismo áspero que expresó Baroja: “El español medio —y no solo el español— no es que sea ignorante: es que se complace en serlo. La cultura exige esfuerzo, disciplina, soledad; y todo eso le repugna. Prefiere la opinión rápida, el juicio sin fundamento, la frase hecha. Así se forma una sociedad donde todos hablan y casi nadie piensa».
Este empobrecimiento se advierte de forma particularmente clara en el lenguaje. En la taberna y en el parlamento oigo hablar con palabras vagas, mecánicas, infladas, imprecisas. Pasión de hablar por hablar sin decir nada. Christopher Lasch analizó el narcisismo cultural: “La sociedad contemporánea produce individuos informados, pero incapaces de juicio. Están saturados de imágenes, opiniones, estímulos, pero carecen de un criterio estable. El yo se convierte en el único tribunal, y ese tribunal es voluble, superficial, inseguro. Así se configura una ignorancia nueva: no la de la carencia, sino la de la dispersión”.
En este contexto, se invierte la jerarquía tradicional del conocimiento. Se prefiere la intuición al estudio, la emoción a la razón. El experto es sospechoso; el ignorante, auténtico. Y, así, la ignorancia se reviste de virtud.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información, y nunca había sido tan escasa la atención. Los jóvenes no son analfabetos en el sentido tradicional: leen constantemente, pero leen fragmentos, mensajes, titulares. Carecen de continuidad intelectual. Saben navegar, pero no profundizar. Su cultura no es ignorancia pura, sino una forma de dispersión permanente.
“Las universidades han abandonado el rigor en favor de la complacencia. Se evita la dificultad, se simplifican los textos, se rebajan las exigencias. El estudiante ya no es desafiado: es protegido. Y en ese ambiente, la mente se debilita. La ignorancia ya no es un obstáculo: es el estado normal”, Camille Paglia.
La inteligencia, señala Marina, no es acumular información, sino saber qué hacer con ella. Nuestra época produce individuos informados, pero desorientados. Tienen datos, pero no criterio. Y, sin criterio, la información es inútil.
Vivimos en una cultura que privilegia la rapidez sobre la reflexión. El conocimiento exige tiempo, esfuerzo, continuidad; la cultura contemporánea ofrece lo contrario: fragmentación, interrupción, dispersión. No es que la información haya desaparecido, sino que ha perdido su contexto. Y, sin contexto, la información no se convierte en conocimiento.
La cultura contemporánea tiende a simplificarlo todo. Se desconfía de la complejidad, se evita la dificultad, se rebaja el lenguaje. El resultado es una forma de infantilización generalizada. Los ciudadanos son tratados como incapaces de comprender, y acaban siéndolo.
Diversos estudios (OCDE – PISA, PIAAC) indican que entre el 15% y el 25% de adultos tienen dificultades serias para comprender textos complejos. Un porcentaje significativo no puede inferir ideas implícitas, distinguir argumentos de opiniones o evaluar la fiabilidad de una fuente.
Según encuestas de hábitos culturales en España (Ministerio de Cultura, CIS, INE) las acividades más comunes de ocio son la televisión y las plataformas (Netflix, etc.) También son de uso diario masivo las redes sociales e Internet. Y una inmensa mayoría sale con amigos a bares y terrazas, o bien practica y mira algún deporte, o hace alguna corta escapada turística. Este es el núcleo real del ocio español medio.
Librerías, museos, lectura, bibliotecas, ópera, conciertos, son en cambio ocios residuales. España no es un país culto. Existe cierta (y menguante) cultura, pero no estructura los hábitos mayoritarios. Para un español -para la gran mayoría- la cultura no significa el centro de su vida, sino una lejana y poco frecuentada periferia.
