(Ataque de angustia a las siete y media)
El corazón parece desollado. Late con una violencia que parece que hará estallar las costillas. Una angustia flotante, sin objeto preciso, te invade, una especie de inquietud que no puedes justificar ni disipar. La razón huye de vacaciones, los sentidos se erizan como hierros atraídos por un imán. Sientes que algo está mal en el mundo, pero no sabes qué; y ese no saber es más insoportable que cualquier certeza. La propia conciencia se vuelve contra sí misma, generando una presión constante, un zumbido, una corriente como por dentro de un embudo, una vibración picuda con láminas de acero que amenaza con rasgar el hilo del pensamiento.
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“En la angustia vital, el mundo pierde su carácter de familiaridad. Todo se vuelve extraño, amenazante, pero sin objeto determinado. No es miedo ante algo, sino un estado en el que el ser entero está en peligro. El paciente no puede decir ‘temo esto’, sino simplemente ‘estoy en peligro’”, Jaspers.
“En ciertos estados de angustia, se pierde la evidencia natural del mundo. Lo que antes era obvio deja de serlo. El sujeto ya no confía en la realidad ni en sí mismo; todo requiere una confirmación imposible”, Wolfgang Blankenburg.
