Charles 168

(Contra España)

España es una gran farsa, una gran mascarada, una gran comedia o guiñol donde todos fingen lo que no es. Se habla de honor, de patria, de grandeza, de una historia magna, de un antiguo imperio, pero todo está podrido desde dentro. En nuestras guerras civiles enviamos hombres a morir por palabras vacías, por discursos que no significaban nada. Todo es mentira, y lo peor es que no todos lo saben.

«Aquí no ha habido propiamente sociedad, sino una yuxtaposición de grupos que no han logrado constituirse en un proyecto común. Falta un vertebrador que articule la vida nacional. Lo que hay es dispersión, particularismo, desagregación”, Ortega. España es un caos sin redención. Nada en ella funciona, nada en ella se sostiene. Todo se desmorona mientras se proclama lo contrario. España es un país que vive de la mentira que se cuenta a sí mismo. Un país de criminales, de hipócritas, de analfabetos. Aquí la virtud es una excepción ridícula. Lo normal es la trampa, la violencia, la corrupción. Una escuela del mal, una fábrica de desgracias. Una máquina de producir infelicidad. Quien nace aquí nace condenado. Todo es una farsa perpetua sostenida por la ignorancia y la complicidad.

Este país no tiene remedio. Está podrido hasta la médula. Todo en él es corrupción, putas y degradación. No hay una sola institución que no esté infestada. España es un derrumbe continuo, un despeñadero donde todo cae, donde todo se pierde, donde todo se envilece.

España es un país que odia a quienes piensan, a la inmensa minoría de españoles razonadores. Quien intenta argumentar queda destruido por ella. Es un país que solo tolera el tópico, la sumisión, la inercia. Todo lo demás es expulsado, eliminado o ridiculizado hasta desaparecer. Lo que se llama cultura es para desternillarse. Detrás de cada institución cultural hay vacío y liturgia burocrática, detrás de cada discurso hay enorme impostura o crasa ignorancia. Todo está construido para simular profundidad donde no hay más que superficialidad organizada, mediocridad embarazosa, trivial cultura de estado.

El español medio es incapaz de pensamiento independiente o medianamente avispado. Vive bañado en clichés, en fórmulas televisivas, impregnado de restos de una tradición que no comprende e ignora. Todo en España está orientado a impedir el pensamiento, a bloquear cualquier intento de claridad, de ideas claras y distintas. Aquí la inteligencia es sospechosa, peligrosa, indeseable, insultante.

Su historia es una larga operación de limpieza, de amputación, de empobrecimiento deliberado. Bajo la apariencia de unidad, lo que hay es miedo a la diferencia, rechazo de lo otro, incapacidad de aceptar su propia complejidad. Todo lo que desborda esa ficción es expulsado o silenciado. Ha vivido demasiado tiempo de espaldas a Europa y a sí misma. Su atraso no es solo económico o político, sino mental: una incapacidad persistente para cuestionarse, para revisarse, para romper con sus propios mitos. La España de la envidia, los toros, la paella, el flamenco, la Sema Santa, las tabernas, y la intolerancia.

Una nación hipócrita donde todo es apariencia. Se cuidan las formas, se preserva el decoro, pero por debajo no hay más que miseria, mezquindad y desoladora pequeñez. La gente vive atrapada en una representación constante, como si la vida fuera un teatro barato del que nadie puede salir. Todo en ella es impostura: la política, la cultura, la moral. El país entero parece un organismo enfermo. Todo está gangrenado: las ideas, las instituciones, las palabras.

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“La historia de España es, en gran medida, la historia de sus desequilibrios: entre centro y periferia, entre tradición y modernidad, entre autoridad y libertad. La incapacidad para resolver esas tensiones ha producido crisis recurrentes que han marcado su desarrollo”, Vicens Vives.

“España ha caído en excesos de intolerancia que han empobrecido su vida intelectual. La persecución de las ideas ha sido una constante que ha limitado el desarrollo de la ciencia y del pensamiento.”, Menéndez Pelayo.

“España ha vivido muchas veces de espaldas a su propia realidad. Ha preferido la leyenda a la historia, el mito a la crítica. Esa inclinación a idealizar el pasado ha dificultado una comprensión verdadera de sí misma y ha retrasado su madurez histórica”, Menéndez Pidal.

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