Charles 169

Y como no podía ser de otro modo en este país de todos los demonios, ¡a reinar siempre la televisión de baja estofa, el «telelixo», la “televisione spazzatura”!

Una televisión que encuadra y moldea una realidad de una exagerada rutina del mal gusto, que empaqueta una circulación de estereotipos sin ideas por su vida social. Una paleotelevisión cuyo único dios es la audiencia, y a ella lo rinde todo. Lo bueno es lo que se ve, lo malo es lo que no tiene audiencia. Ese es el unico criterio. Una televisión donde las diferencias entre información y entretenimiento deben desaparecer, donde una sugerencia de cultura y algo de nivel es juzgada como una jeremiada propia de una antigualla idealista y zombi. Intelectualmente al nivel de amebas, moscas y protozoos, por lo que, como tiene el monopolio sobre la mayoría de las cabezas, las cabezas de los televidentes raramente superan el nivel de caracoles y eucariotas.

Neil Postman, «Amusing Ourselves to Death»: “Lo que está ocurriendo es que la televisión está alterando el significado de ‘estar informado’ al crear una forma de información que podría llamarse con propiedad desinformación. Me refiero a información engañosa: no mentiras, sino información fuera de lugar, irrelevante, fragmentada o superficial, que crea la ilusión de saber algo cuando en realidad nos aleja del conocimiento […] El resultado no es que se nos niegue la información, sino que se nos inunda con ella en una forma que le priva de coherencia y de seriedad”.

La televisión produce una humanidad uniforme, previsible, incapaz de pensamiento crítico. La televisión es el espejo de un país que no quiere verse. Todo se simplifica, se reduce, se vuelve aceptable. La estupidez se convierte en espectáculo, la vulgaridad en lenguaje común, y lo que debería ser excepción se convierte en norma. No es la televisión la que es vulgar: es el país el que se reconoce en esa vulgaridad y la aplaude. La televisión no hace más que devolver, amplificándola, la imagen de una sociedad que ha dejado de pensar.

La televisión española ha elegido el camino más fácil: el del rebajamiento. No se trata solo de entretener, sino de simplificar hasta vaciar, de hacer todo digerible, inocuo, inmediato. El resultado es una cultura ligera no en el sentido positivo del término, sino en el de inconsistente, sin espesor, incapaz de dejar huella. La televisión en España (y permítaseme el desahogo o exabrupto) embrutece y abaja el poco cerebro de muchos españoles.

Cuenta el impacto inmediato, no la verdad ni la comprensión. Cuenta el instante, lo que pasa, lo que rápidamente se olvida. Ahí, el pensamiento complejo y la profundidad, son imposibles de mostrar, quedan automáticamente descalificados.

«La televisión participa en una empresa general de rebajamiento cultural. Sustituye el juicio por la reacción, el conocimiento por la emoción, la cultura por el entretenimiento. Todo se nivela, se simplifica, se vuelve accesible al precio de una pérdida de sentido. No es solo el mal gusto lo que triunfa, sino la desaparición misma de la exigencia», Alain Finkielkraut.

No es que la televisión degrade al país: es que el país, incapaz de pensarse, ha terminado por verse y reconocerse en ella.

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