Charles 170

Nabokov, en las entrevistas de «Opiniones contundentes», Anagrama, se sienta en su trono de gran escritor lanzando bolas de fuego y relámpagos y, muy de vez en cuando, algún destello de elogio. El lector encuentra encantadora la arrogancia y desdén olímpico -y su aristocrático desprecio- hacia algunos de los nombres más grandes de la literatura, muchos de ellos contemporáneos suyos, pero también escritores del pasado firmemente asentados en el canon. La extrema elegancia verbal no logra ocultar una crueldad implícita. Nabokov rara vez desmonta lo que critica: simplemente arroja barro -reluciente e ingenioso- hasta manchar. Algunos ejemplos:

«Los lectores no rusos no se dan cuenta de dos cosas: que no todos los rusos aman a Dostoyevski tanto como los estadounidenses, y que la mayoría de los rusos que lo hacen lo veneran como a un místico y no como a un artista. Fue un profeta, un periodista lleno de palabrería y un comediante chapucero. Admito que algunas de sus escenas, algunas de sus tremendas disputas farsescas, son extraordinariamente divertidas. Pero sus asesinos sensibles y sus prostitutas llenas de alma no se pueden soportar ni un instante —al menos para este lector».

«Desde los tiempos en que mediocridades tan formidables como Galsworthy, Dreiser, una persona llamada Tagore, otro llamado Maxim Gorki, un tercero llamado Romain Rolland, eran aceptados como genios, siempre me han desconcertado y divertido las nociones fabricadas sobre los llamados “grandes libros”. Que, por ejemplo, la asinina «Muerte en Venecia» de Mann, o el melodramático y vilmente escrito «Zhivago» de Pasternak, o las crónicas rústicas de Faulkner, puedan considerarse “obras maestras”, o al menos lo que los periodistas llaman “grandes libros”, me parece una ilusión absurda, como cuando una persona hipnotizada se enamora de una silla».

Y algo que ha degenerado a un nivel exponencial este último medio siglo, lo que llamó «poshlost», es decir:

“Basura sentimental, clichés vulgares, filisteísmo en todas sus fases, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura grosera, estúpida y deshonesta: estos son ejemplos evidentes. Ahora bien, si queremos localizar la poshlost en la escritura contemporánea, debemos buscarla en el simbolismo freudiano, en mitologías apolilladas, en el comentario social, en los mensajes humanistas, en las alegorías políticas, en la obsesión excesiva por la clase o la raza, y en esas generalidades periodísticas que todos conocemos”.

Nabokov es el escritor que convirtió la prosa en una forma de éxtasis. Cada frase suya parece compuesta con una intensidad que roza lo sobrenatural. Es uno de esos raros autores cuya relación con el lenguaje no es instrumental, sino absoluta: escribe no para decir algo, sino para mostrar lo que el lenguaje puede llegar a ser.

Su biógrafo principal, Brian Boyd (los dos tomos de su biografía también traducidos en Anagrama), escribió: “La grandeza de Nabokov reside en su capacidad para combinar una inteligencia analítica excepcional con una imaginación lúdica inagotable. Sus novelas no solo son construcciones formales de enorme complejidad, sino también experiencias de lectura profundamente vivas”.

El autor de «Lolita», «Pnin», «Pale Fire» y «Speak, Memory» nació un 23 de abril —el cumpleaños de William Shakespeare y Miguel de Cervantes— en 1899, y murió el 2 de julio de 1977.

En Nabokov, el desprecio no es un defecto del estilo: es una de sus formas más refinadas.

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