Charles 171

Recuerdo con una intensa claridad de símbolo ciertos olores de mi infancia: el perfume húmedo de la tierra en verano tras la lluvia (el «petricor», horrible palabra que hiede a coliflor hervida), el olor de los lápices Alpino recién afilados, el vago aliento de lavanda en los cajones, el aroma, mezcla de flores y pelusilla, de los jerseis de cachemira.

Recuerdos del perfume oscuro, pesado, de la vegetación en descomposición y del agua estancada. Y el cálido de la carne asada, ese que parece atravesar la mente. O el del sutil aire-como de letras carmesíes oblongas- del incienso y las rosas. Y el perfume de la cera, seda oriental de Estambul, como una gran y última prueba palpable de realidad.

El cielo recién lavado. La uva en los lagares. La madera. Ella recién salida de la ducha.

Muy pronto, con el verano, todo olerá a sal, a crema solar, a fruta abierta y a cuerpos felices; un perfume colectivo que se nos pegará a la piel y al recuerdo.

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