Charles 173

Discrepo (y ahora habla mi yo biográfico, sin mi máscara de falso aristócrata) de la tesis sobre el denigrado y anti-estético lenguaje tabernario en la literatura española.

El lenguaje de nuestra picaresca, lejos de ser descuidado, estiliza lo vil; la taberna y el prostíbulo son como ciencias matemáticas. Mezcla registros en una matriz rica de lenguaje. España, a diferencia de otras tradiciones europeas, no ha temido descender a los fondos de la existencia. Cuando nos despojamos de idealizaciones también transformamos el estilo. Quevedo, por ejemplo, con su uso de lo bajo no rebaja el estilo, sino que lo electriza.

El habla cotidiana, con sus repeticiones, sus vacilaciones, sus banalidades, posee una riqueza que la literatura ha despreciado demasiado tiempo. Reproducirla no es empobrecer el estilo, sino devolverle su raíz. La realidad española exige una forma literaria que sea capaz de integrar múltiples registros: lo científico, lo vulgar, lo lírico (y sus fricciones) Solo mediante esa mezcla —ese pastiche— puede aspirarse a una representación adecuada.

Los escritores españoles tenemos la convicción de que la verdad literaria pasa por lo impuro. Mi enfermedad mental introduce esa impureza en mi escritura. Mis ensayos teóricos refieren el plano diurno y racional. Las expansiones líricas y preciosistas son máscaras lunares. Todo son escrituras necesarias: así trabaja mi prosa de esponja.

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