Hay hombres que no pueden salir de la grosería. Sin urbanidad ni gusto. La desmesura zafia en el decir, la torpeza inculta en el obrar. Nos envuelve una acusada vulgaridad. Solo se tasa lo inmediato, lo útil, lo instantáneo. Palabras altisonantes y ruidosas, sin elegancia, el mal gusto orgulloso y deliberado.
La vulgaridad se fabrica y consume universalmente. El esfuerzo hacia lo elevado es excepcional. Todo lo que nos rodea está penetrado de vulgaridad. No hay refugio. La estupidez, el ruido, la grosería, se han convertido en el medio natural. Y lo más insoportable es que ya casi nadie las percibe.
Me refugio en la música y las letras. La exquisitez no es una acumulación de lujos, sino una forma de elegir. Saber decir no, rechazar lo que a otros satisface, apartarse de lo evidente. El gusto comienza donde termina la necesidad. Solo quien no necesita puede elegir, y solo quien elige con rigor alcanza esa rara forma de libertad que llamamos elegancia.
El gusto no nace: se adquiere. Es memoria, lectura, experiencia. Es haber visto mucho, haber amado mucho, haber rechazado mucho. Solo quien ha recorrido el mundo —o los libros— puede reconocer lo excepcional. Un hombre sin memoria estética está condenado a la repetición de lo vulgar. Cree descubrir lo que ya ha sido mil veces dicho, celebrado, consumido. La exquisitez exige conciencia del pasado.
El verdadero refinamiento es silencioso. No necesita proclamarse. Solo lo vulgar se anuncia, se impone, se repite. Lo exquisito se reconoce —y basta.
