Charles 185

Soy un exquisito de fondo, forma y opinión, de matiz y gusto. La época está dominada por una grosería satisfecha de sí misma, por una mediocridad que no solo se acepta, sino que se exhibe con orgullo. Todo se vueve uniforme, nivelado, trivial; el arte desciende al gusto brutal de la multitud, y la multitud, incapaz de elevarse, exige que todo descienda hasta ella. Yo, hastiado de esa nivelación universal, comprendo que el único refugio posible es el aislamiento, la celda monástica, una vida cuidadosamente separada de la estupidez reinante.

Son mías las solapas del smoking, el rico corazón de oro y jazmines, la luz de espuma tras mis visillos bordados. Intento abrazar a la luna en el río amarillo. Me irritan hasta el vómito vuestros clichés, el presente perpetuo sin profundidad temporal, la confusión entre popularidad y valor, la reducción del arte a producto, los espacios públicos sin estilo ni carácter, la ornamentación falsa, el chascarrillo como sustituto de la inteligencia, la estética hueca, el dramatizar lo trivial; y el léxico reducido, repetitivo, funcional, y las frases hechas en lugar de pensamiento, y la incapacidad de modular el tono, y el desprecio por la sintaxis. Yo quiero la plata serpenteando en mis tobillos, las colinas romanas y los pergaminos de las bibliotecas, las muchachas rubias con carmín y piel blanca.

La vulgaridad es la conducta de los otros. Nada es más peligroso que confundir lo popular con lo valioso. El gusto de la multitud no es una guia, sino una advertencia. Cuando una cosa agrada universalmente, conviene sospechar de ella: probablemente ha sido despojada de todo lo que la hacía singular. El arte verdadero no busca agradar, sino crear una sensibilidad que aún no existe.

La vida moderna tiende a la dispersión, a la trivialidad, a una sucesión de impresiones sin orden ni jerarquía. El peligro no es el exceso de sensibilidad, sino su ausencia: una especie de embotamiento que acepta todo sin distinguir nada. Solo una atención exquisita, una selección rigurosa de experiencias, puede salvarnos de esa vulgaridad difusa que amenaza con igualarlo todo.

Solo quiero quiero irme a vivir a Rembrandt y a las olas de cerezas de Bach.

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