Todos recordamos aquí en el pueblo a Christian. Algo excéntrico, tenía una educación y un trato exquisitos. No es que se pusiera a sonreír a todo el mundo, sino que sabía exactamente a quién, cuándo y cómo. La verdadera delicadeza no es universal: es precisa, como si en ese gesto hubiese siempre una lección implícita. Y por eso es tan rara. Exige más inteligencia que bondad, y más atención que entusiasmo.
A veces, para un buen observador, se le notaba algo sobreactuado y tenso, como si se filtrara el mucho dolor que todos sabemos que sufrió en vida. En la forma de dar las gracias, en la propina mecánica en los bares, a algunos nos parecía con un punto de tensión y reprimido dramatismo.
No solo honró a nuestro ayuntamiento haciendo que nuestros paisajes saliesen profusamente en sus libros, sino que siempre fue de una delicadeza de trato suprema. Un extravagante y un dandy a la vez.
Había en los modales de Christian —apenas perceptibles para quien no estuviese atento— una forma de generosidad más rara que cualquier don material. Era la delicadeza de no imponer jamás la propia presencia, de dejar al otro el espacio necesario para ser él mismo. Esa discreción, esa manera de retirarse ligeramente sin desaparecer del todo, constituía una de las más altas formas de la bondad.
Su verdadera cortesía no consistía en las fórmulas aprendidas, sino en esa disposición del espíritu que le hacía adivinar, sin esfuerzo aparente, lo que podía agradar o herir a otro. Hay personas que poseen este arte sin saberlo: su amabilidad no es un deber, sino una emanación natural de su sensibilidad. Y en su presencia, uno siente no tanto que ha sido tratado con atención, como que ha sido comprendido.
La verdadera amabilidad de Christian era siempre una elección estética. No se trataba de hacer el bien por obligación, sino de hacerlo con gracia. Un favor realizado sin encanto era apenas un deber cumplido; pero cuando se le añade un toque de estilo, se convierte en un acto de arte. Después de todo, lo que el mundo necesita no es solo más bondad, sino más belleza en la bondad.
Le cuadra como anillo al dedo a nuestro añorado escritor gallego-catalán la observación de Addison: “Hay una cortesía del corazón que es superior a todas las reglas de urbanidad. Consiste en una constante atención a los sentimientos de los demás, en una inclinación habitual a hacer su carga más ligera. Esta disposición, aunque se manifiesta en pequeños actos, produce los mayores efectos: suaviza la vida, reconcilia los ánimos y da a la sociedad ese aire de armonía que ninguna ley puede imponer”.
Quizá la amabilidad sea una de las últimas formas de resistencia en un mundo acelerado y grosero. No cambia las estructuras, pero cambia el tono de la existencia. Y a veces —solo a veces— cambiar el tono es ya empezar a cambiar el mundo
Le echaremos de menos.
