Charles 187

Al despertar, siento inmediatamente una irritación sin causa precisa, como si el mero hecho de existir fuese ya una ofensa. Me levanto con desgana, cansado, con una especie de resentimiento hacia todo lo que me rodea, y sobre todo hacia mí mismo. El día no promete nada; es simplemente la continuación de una incomodidad que nunca cesa.

Tuve a las siete y cuarto un ataque de angustia que debí amortiguar con cinco gotas de Rivotril. Al abrir los ojos, todo vuelve: el tedio, la insuficiencia, los nervios, la imposibilidad de satisfacción, la enfermedad. Así, cada mañana es una confirmación de que nada ha cambiado y de que nada cambiará. Me despierto ansioso y con una especie de viscosidad en el pensamiento, como si las ideas estuviesen pegadas entre sí y no quisieran separarse. Todo es pesado, incluso los gestos más simples. No hay motivo para levantarse.

El sol entra, pero no ilumina; el cuerpo se levanta, pero el espíritu permanece tendido. Es como si la vida hubiese perdido su argumento y continuase por pura inercia. El despertar no es un retorno a la energía, sino a una forma más consciente de cansancio. La luz del día revela con mayor precisión la fatiga que la noche ha velado. Levantarse exige una voluntad que no siempre está disponible.

Me despierto con la impresión de que el día será inútil, exactamente como el anterior. No hay tragedia, pero tampoco interés. Solo una repetición gris, ligeramente más pesada cada vez. Levantarse es participar en una maquinaria absurda que uno conoce perfectamente, pero de la que no puede escapar.

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