La depresión es la grieta en el amor. Es la ausencia en medio de la presencia. Las cosas que antes tenían sentido lo pierden, y no hay argumento capaz de restaurarlo. El mundo continúa, pero uno ha quedado fuera de él, como si hubiese sido expulsado sin ceremonia.
Nada consuela, porque nada logra atravesar esa distancia. No es una tristeza, ni siquiera una aflicción profunda; es algo mucho más cercano a una forma de tormento físico. Es como si una niebla negra descendiera sobre la mente, anulando toda capacidad de respuesta. Lo peor no es el dolor —aunque el dolor es intenso—, sino la imposibilidad de imaginar que ese dolor pueda cesar. Se pierde toda perspectiva, toda memoria del bienestar, y uno queda atrapado en un presente sin salida.
Veo mi vida ramificarse ante mí como el cerezo verde de la historia. De cada rama cuelga un futuro maravilloso, pero mientras me quedo sentado, incapaz de decidir, las hojas se marchitan y caen, una a una. No puedo elegir, y esa imposibilidad me paraliza. Así pasan los días, y yo sigo allí, mirando cómo mi vida se deshace.
Es como si estuvieras en una casa en llamas, pero nadie más ve el fuego. Y te dicen: ‘sal, es fácil’. Pero tú no puedes salir. No es una cuestión de voluntad. Es una imposibilidad estructural.
Soy infeliz. No siento nada que justifique seguir. La vida se ha vuelto una sucesión de horas vacías, perfectamente insoportables y absolutamente inútiles. No escribiré más.
