No duró ni ocho horas mi terminante e impulsiva decisión de dejar de escribir. Podría, sin duda, abstenerme de escribir, como se abstiene uno de comer o de respirar durante un tiempo; pero no indefinidamente. Hay en mí una presión, una necesidad inexorable y adherida a mi sangre, que no admite aplazamientos sine die. Callar sería una forma de mentira, una traición más profunda que cualquier exceso de palabra. No puedo callar. Pese a que nadie me lea y mis libros sean un absoluto y total fracaso estrepitoso, no puedo callar. Me resulta imposible.
He pensado muchas veces en dejar de escribir. No por pereza, ni por falta de ideas, sino por una especie de imposibilidad. Escribir me parece entonces una impostura, una actividad que se levanta sobre un vacío. Y sin embargo, en cuanto dejo de hacerlo, algo en mí se descompone, se tuerce y se desintegra. No escribir es mucho peor. Es como si me negara a mí mismo la única forma —aunque sea pobre e insuficiente— de existencia. Así permanezco: escribiendo contra la escritura, escribiendo sin lectores, traicionando cada día la vacilante decisión de no escribir más.
Me digo que ya he dicho demasiado, que mis palabras solo empobrecen. Me digo que el silencio sería más digno, más exacto, más maduro, más real. Pero esa resolución no dura. Es un mero impulso ocasional. Algo en mí se rebela contra ella. Vuelvo a escribir, sabiendo que es inútil, una gran estupidez, una tarea fútil, que es incluso una forma de auto-degradación. Se escribe siempre de más. Y sin embargo, no escribir sería peor: sería una perfecta rendición a la nada.
Escribo incluso para decir que no escribiré.
