Charles 191

Con el primer calor tenue de la primavera llega un despertar más sutil, como si los nervios mismos del mundo fueran tocados hacia una sensibilidad más fina. La luz parece alterarse—menos austera, más difundida—, como si se demorara amorosamente sobre las superficies. No es solo que las cosas crezcan, sino que empiezan a significar.

La primavera se desliza sobre mi aldea con una ligereza casi tímida; un temblor en el aire, un brillo en las hojas, como si algo largamente esperado hubiese llegado al fin, pero aún no se atreviera a declararse. Los árboles guardan sus brotes como secretos, y los pájaros pían más deprisa, como respondiendo a una llamada interior.

Los olores de tierra húmeda y de hojas nacientes, ascienden lentamente como una fiebre suave. Hay en el aire una voluptuosidad indecisa, una invitación oscura a vivir que se siente sin poder definirse. Las cosas parecen de pronto más próximas, más sensibles, como si el mundo se inclinara hacia nosotros.

La primavera enciende en los jardines una vibración de colores, como si cada flor fuese una llama breve, y el aire, cargado de esencias, se volviese casi visible. Todo parece transfigurado por una luz que no es del día ni de la noche, sino de un instante suspendido, donde la vida se ofrece con una intensidad casi dolorosa.

En mí, sin embargo, esa misma claridad no se limita a iluminar: insiste peligrosamente. Se vuelve presión, una forma de exceso que no siempre sé sostener. Lo que en las cosas es expansión, en mí se convierte a veces en desbordamiento; lo que fuera se ordena en una armonía delicada, dentro se tensa hasta el límite. Hay una euforia que no libera, una exaltación que aprieta como una mano demasiado firme. Y, aun así, no puedo sustraerme a su fulgor.

La primavera se derrama como un aceite dorado sobre las huertas, y cada cosa —las tapias, los árboles, los caminos— se impregna de una dulzura luminosa. Hay en el aire una caricia continua, una sensación de plenitud que se posa en los sentidos como una música lenta.

La primavera no es un estallido, sino una persistencia: el lento trabajo de la luz sobre las cosas, la repetición casi imperceptible de ciertos cambios. Lo que aparece como nuevo no es sino la variación de algo que ya estaba ahí, esperando. El mundo no renace: se modifica.

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