Charles 192

Las flores no son nunca simples adornos. Están ahí como pequeñas interrupciones, variedades sin confusión, formas breves de la perfección, delicadezas sin debilidad, y recuerdos del tiempo. Una rosa en un vaso no es una rosa: es el recuerdo de todas las rosas, las de la infancia, del verano, de las rojas tardes morosas de lectura. Y sin embargo, su presencia es inmediata, obstinada, de belleza casi impersonal, esperando que nosotros les demos un sentido.

Al igual que Nabokov, las flores no me interesan como símbolos —eso es una vulgaridad sentimental y kitsch—, sino como problemas o ejercicios de percepción. Una flor es un acontecimiento óptico de extremo estudio lógico-matemático: el ángulo de un pétalo, la vibración -indecisa y enmascarada de carcajada- de un color que no existe en ninguna paleta humana, el modo en que la luz queda atrapada en su superficie como en una trampa minuciosamente dispuesta para la magia. Al observarlas, no pienso en su fragilidad ni en su destino, sino en la proeza de su exactitud. Escribir sobre una flor, sobre su pompa y muecas de gracia, exige la misma disciplina que describir un recuerdo o una parábola: intentar no añadir nada, procurar no simplificar nada, y no traicionar el milagro del detalle minucioso y coloreado de la fórmula.

Las flores son el lujo inútil del mundo, y por eso mismo su mayor verdad. No sirven para nada —y ahí reside su elegancia—: pura piel de color, pura frivolidad alegre, italiana y vegetal, puro capricho de la naturaleza que, de pronto, se pone literaria. Hay en ellas algo de mujer voluptuosa y algo de infancia en el campo, algo -también- de herida que se disfraza de belleza. Yo las miro y pienso que la vida, en sus mejores momentos, se parece a una flor: intensa, breve, innecesaria y absolutamente imprescindible.

Son una hipótesis de belleza tomista que el mundo ensaya por un instante. No dura, no insiste, no se defiende: aparece con una gracia inesperada y desaparece sin protestar. Tienen el sabor de las estaciones felices. Huelen a verano, a siesta, a cuerpos dorados por el sol y a tardes que parecen no terminar nunca. El hombre, que no sabe aceptar esa ligereza, intenta fijarla, nombrarla, domesticarla; pero en ese gesto la pierde. La flor solo existe plenamente mientras no se la retiene, mientras se la deja ser ese breve relámpago que ilumina —sin explicarse— la oscuridad del mundo.

Una luz que se queda adherida a la piel como un recuerdo que no se quiere ir.

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