Charles 195

Hay un momento —tan leve que apenas puede fijarse en los párpados— en que los árboles dejan de ser invierno sin llegar todavía a ser primavera. No han florecido, pero ya no están del todo desnudos. Algo en ellos se insinúa, una vibración contenida, una energía equinoccial, como si el tiempo dudara antes de decidirse. Y esa duda es quizá lo más hermoso: no la plenitud, sino el instante previo, cuando todo está a punto de suceder y aún no ha sucedido. Es la transformación silenciosa y secreta. Los brotes de savia ardiendo que nos invaden de vida.

El tiempo parece hacerse más lento, más denso, más verdadero, el sol calienta amablemente el cuerpo. Variaciones microscópicas para una atención eficaz y disciplinada. Indicios de pelusilla verde en la flor, tensión de muy pequeños capullos en las ramas, botánica de bulbos, blancos y bermellones pálidos. La dulzura que se viste como una dama coqueta. Expectación secreta, como si una materia invisible comenzara a circular en las ramas. No florecen: se transforman en algo que todavía no tiene nombre.

Algo se está organizando, y en esa organización hay como una impostura inevitable: la naturaleza cree fingir una espontaneidad que en realidad está regida por una compulsión obsesiva. Todo se cubre de una gracia excesiva, levemente teatral. La vida es una violencia con máscara de belleza. Fuerza de la tierra y del viento, y tardes largas, ligeras y luminosas. No es aún la floración, pero ya no es el invierno. Es el momento en que lo vegetal y sexual comienza a hacerse visible.

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