El estilo del bestsellerista se reconoce por su docilidad y comodidad de forma: no irrita, no resiste, no obliga a detenerse. Es una prosa que se desliza como una superficie pulida, sin aristas, sin accidentes; por una pendiente al peor didactismo. Y en esa fluidez aparente reside su mayor pobreza: no deja huella, no produce pensamiento, no modifica al lector. La lengua antes de ellos queda exactamente igual que después de ellos. No hay torsión, hay nulos hallazgos expresivos. Hay sucesión y flujo de obviedades que nada exigen.
«-Calla -lo interrumpió ella-. No existe el pasado. No hay nada que perdonar. Empecemos a vivir desde hoy. Mira -le dijo separándose y cogiéndole de una mano-, el mar. El mar no sabe nada del pasado. Ahí está. Nunca nos pedirá explicaciones. Las estrellas, la luna, ahí están y siguen iluminándonos, brillan para nosotros. ¿Qué les importa a ellas lo que haya podido suceder? Nos acompañan y son felices por ello; ¿las ves brillar? Titilan en el cielo; ¿lo harían si les importara? ¿Acaso no se levantaría una tempestad si Dios quisiera castigarnos? Estamos solos, tu y yo, sin pasado, sin recuerdos, sin culpas, sin nada que pueda interponerse en nuestro… amor», Ildefonso Falcones.
«He pasado noches deliciosas hablando, jugando con Albertina, pero nunca tan dulces como cuando la miraba dormir. Hablando, jugando a las cartas, tenía esa naturalidad que una actriz no hubiera podido imitar; pero la naturalidad que me ofrecía su sueño era más profunda, una naturalidad de segundo grado. Le caía el cabello a lo largo de su cara rosada y se posaba junto a ella en la cama, y a veces un mechón aislado y recto producía el mismo efecto de perspectiva que esos árboles lunares desmedrados y pálidos que vemos muy derechos en el fondo de los cuadros rafaelescos de Elstir. Si Albertina tenía los labios cerrados, en cambio, tal como yo estaba situado, sus párpados parecían tan disjuntos que yo hubiera podido preguntarme si estaba verdaderamente dormida. Pero aquellos párpados entornados daban a su rostro esa continuidad perfecta que los ojos no interrumpen. Hay rostros que adquieren una belleza y una majestad inhabituales a poco que les falte la mirada.
Yo contemplaba a Albertina tendida mis pies. De cuando en cuando la recorría una agitación ligera y inexplicable, como el follaje que una brisa inesperada sacude unos instantes. Se tocaba el pelo, pero no se contentaba con esto y volvía a llevarse la mano a la cabeza con movimientos tan seguidos, tan voluntariosos, que yo estaba convencido de que iba despertarse. Nada de eso: volvía quedarse tranquila en el no perdido sueño. Y permanecía inmóvil. Había posado la mano en el pecho con un abandono del brazo tan ingenuamente pueril que, mirándola, me tenía que esforzar por no sonreír con esa sonrisa que nos inspiran los niños pequeños, su inocencia, su gracia. Conociendo como conocía varias Albertinas en una sola, me parecía ver reposando junto a mí otras muchas más. Sus cejas arqueadas como yo no las había visto nunca rodeaban los globos de sus párpados como un suave nido de alción. Razas, atavismos, vicios reposaban en su rostro. Cada vez que movía la cabeza, creaba una mujer nueva, a veces insospechada para mí», Proust.
Falcones avanza con eficacia; las cosas ocurren; transcurren paralelas al tiempo del lector; pero ese avance deja tras de sí un vacío, esas cosas que ocurren en cambio no permanecen, el lector olvida lo que lee a medida que lo va leyendo. Falcones es complaciente: frases y retórica fáciles, emoción elemental. El autor de «La catedral del mar» simula claridad engañando a la literaturiedad. Su voz avulgarada y uniforme evita cualquier asomo de singularidad, su prosa deviene clichés formularios. Prosa sin fiebre y sin peligro. Prosa sin matiz y sin espesor. Prosa como un espejo sin profundidad, de argumento y sin lenguaje, de organización pedestre. Todo está ya dicho antes de ser dicho: la emoción llega formulada, el sentido anticipado, la imagen cerrada. Nada obliga a volver sobre una línea, nada exige una segunda lectura. El lenguaje no modifica la experiencia, solo la transporta.
En Proust ocurre lo contrario: cada frase abre una demora, introduce una resistencia, obliga a mirar de nuevo. La percepción no se da hecha, se construye. El tiempo no pasa: se pliega, se reorganiza, se vuelve visible en su propia complejidad. Lo que en uno se consume, en el otro se transforma.
Ahí —y solo ahí— empieza la literatura.
