Charles 198

Se ha extendido la idea de que escribir bien consiste en no llamar la atención sobre el lenguaje. Un lenguaje de teletipo periodístico y sin sabor ni relieve. Pero eso es una falacia: escribir bien es precisamente lo contrario, es hacer que el lenguaje sea insustituible, que la lengua no sea un producto de consumo, de mero usar y tirar, de una accesibilidad rutinaria y evidente, de solo mecanismos engrasados para entretener y no para explorar.

Un símbolo de esta hediondez lo representa las novelas de Ken Follet. Ritmo, sí, suspense, sí, el suspense de taller de plana universidad, la alternancia de escenas, los personajes planos -siempre de una cara- sin ambigüedad moral, el detalle documental de cartón piedra, pero ni un gramo de pensamientos e iridiscencias sobre el lenguaje. Millones lo leen, lo devoran, lo celebran, precisamente porque no ofrece resistencia, porque no obliga, porque no hiere, porque no exige, y esa ausencia de exigencia —que es su secreto y su triunfo— es también su más perfecta condena.

Su literatura siempre es una línea recta; la literatura verdadera siempre fue una curva, un desvío, un obstáculo, incluso un fracaso. Follet no fracasa nunca en ese sentido, y por eso mismo nunca logra nada. Las palabras no pesan, no resisten, no se rebelan. Pasan. Todo pasa. Y lo que pasa sin resistencia no deja huella, no se deposita, no se convierte en memoria. Se olvida con la misma facilidad con que se ha consumido.

La literatura no es un oficio respetable, de tipo bronceado y sonriente en su piscina, con su barbacoa y sus yorkshires, de ejecutivo millonario de las letras: la literatura es una forma de peligro. Todo lo que suene demasiado correcto, demasiado bien hecho, suele estar muerto. La verdadera novela no se somete a las expectativas del lector: las subvierte, las contradice, las pone en crisis. El lector de Ken Follet es guiado sin esfuerzo, pero también sin riesgo: todo está previsto, nada desborda.

El estilo es una forma de resistencia. Cuando no hay resistencia, no hay estilo, hay escritura corriente.

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