Charles 199

La prosa de Gabriel Miró no admite prisa. Exige una lectura demorada, casi contemplativa. Cada palabra ha sido elegida con una precisión extrema, como si cualquier alteración pudiera destruir el equilibrio del conjunto. Su estilo no reproduce el mundo, lo vuelve a hacer, lentamente, con una paciencia delicada y amorosa. Su dificultad no es gratuita: responde a la necesidad de expresar lo que no puede decirse de otro modo. No se trata de contar, sino de hacer sentir. Su escritura se acerca más al tacto que a la idea. Visiones intensas y sensaciones depuradas. Instantes en que las cosas empiezan a revelarse.

La prosa de Pérez-Reverte posee una eficacia indudable: fluye, avanza, sostiene la atención. Pero esa fluidez, que es su principal virtud, es también su límite. La frase no se detiene, no se repliega sobre sí misma, no crea resistencia. Es un estilo que transporta velozmente, pero rara vez obliga a pensar en el lenguaje. Hay en su escritura un tono reconocible, casi monolítico: una voz que afirma, que sentencia, que parece dominar siempre la materia que narra. Esa seguridad, que seduce a muchos lectores, empobrece sin embargo la ambigüedad y la vacilación que caracterizan a la gran literatura.

En Nabokov, la opacidad no es un defecto, sino una virtud. Su escritura resiste la lectura rápida, exige una atención constante, una relectura. Y en esa resistencia reside su grandeza. Su prosa es microscópica y, al mismo tiempo, expansiva, prolija. Nabokov representa una de las formas más altas de la inteligencia estética. Su escritura no busca convencer ni emocionar de manera directa, sino producir una experiencia de lucidez, de intensidad sensorial y mental.

Nabokov deja un repertorio de imágenes, frases y estructuras. Reverte, trama, escenas, historia, a menudo inanes y de un didactismo mecánico. En Nabokov el lenguaje se vuelve destino, en Reverte, fácil tránsito. Para Nabokov la literatura es una forma de percepción, para Reverte la literatura es solo una forma de relato.

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“El sol caía en los huertos con una dulzura antigua. Las hojas de los limoneros tenían una luz quieta, como si el aire se hubiera detenido para escucharlas. Y en aquella quietud se sentía el latido de la tierra, un temblor escondido, una vida profunda que no se veía y, sin embargo, lo llenaba todo. Las palabras no bastaban para decirlo; había que demorarse, quedarse en el color, en el olor leve de la fruta, en la sombra tibia que se recogía bajo los árboles. Todo parecía estar en su sitio desde siempre, y, sin embargo, cada instante era nuevo, como si acabara de ser creado”, Gabriel Miró, «Nuestro padre San Daniel».

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”, Nabokov, «Lolita».

“Lucas Corso cerró el libro y lo dejó sobre la mesa con cuidado. Luego encendió un cigarrillo y miró alrededor, evaluando el lugar con la atención de quien está acostumbrado a no confiar en nada ni en nadie. Había pasado demasiado tiempo entre libros peligrosos para ignorar que cada detalle podía ser importante. En su oficio, las cosas nunca eran lo que parecían a primera vista”, Pérez-Reverte, «El club Dumas».

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