Charles 200

En Benet la dificultad parece elevada a principio constructor y regla única. Pero, maticemos, no toda dificultad es fecunda: existe una oscuridad que nace de la complejidad, y otra que nace de la indecisión o del exceso. A veces su prosa parece complacerse, con un elitismo algo napoleónico, en no ser comprendida. La frase benetiana se dilata hasta el límite de su propia resistencia. Incisos, subordinadas, rodeos: la sintaxis se convierte en un intrincado laberinto donde el lector no avanza, sino que se pierde. Y no siempre esa pérdida es significativa. Sus personajes se desdibujan en la densidad del discurso. Más que individuos, son soportes, excusas de una reflexión que se impone sobre ellos. La novela se vuelve así una prolongación del ensayo. La dificultad, cuando se convierte en sistema, corre el riesgo de volverse previsible. Lo que en principio es desafío termina siendo hábito: el lector aprende a esperar la oscuridad como un rasgo fijo. La lectura de Benet exige un esfuerzo constante que no siempre se ve recompensado. Hay páginas en las que la densidad verbal no se traduce en intensidad, sino en un hermetismo pesado.

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