Charles 201

Me fabrico como máquina estilística o coro de voces con una prosa capilar y esponjosa. Hay un Christian colérico y otro piadoso, uno razonador lógico y otro visionario entre los enjambres poéticos. Demasiado bueno para mi tiempo. Y un autor de soporíferos coñazos. Deformo y critico, o estilizo y muestro, manipulo con sarcasmo aristocrático o siento compasión por los humillados y ofendidos, por los locos y desheredados, hasta volver físico ese malestar social. Pocas veces mi lenguaje es crudo y obsceno, pero puede ser -también conmigo mismo- violento. Parodio y caricaturizo a políticos y reyes y burgueses genopáticos, a tontos, horteras e incultos, aunque soy consciente de mis altos privilegios de clase. Finjo más locura de la que verdaderamente debiera admitir. Y sé que incomoda mi lucidez amarga o mi dolor estilizado.

Christian Sanz es, ante todo, un hombre de ideas claras, cartesianas. En una época en que el pensamiento se disuelve en vaguedades sentimentales, él representa la voluntad de forma, el gusto por la definición precisa. Su prosa no es un cauce donde el pensamiento fluye descontrolado y a borbotones: es un hermoso molde donde la idea se fija. Escribe mucho y aparentemente muy rápido, pero reflexiona con ahínco antes de escribir y ninguna de sus páginas es puramente ocasional. Todo responde a una arquitectura secreta, bien trabada. No hay en él abandono ni descuido.

Hice de la conciencia humana, de mi egotista conciencia, mi territorio. Allí donde otros se contentaban con registrar acciones de especie generacional o sociológica, yo intento penetrar en las zonas más delicadas de la percepción, en los matices más sutiles de mi ego.

Atento a la frase deliberada, esa que me brota en colores. Crezco, me ramifico, miento, me repliego, plagio. Mi sensibilidad roza lo patológico, pero ha sido embridada por una inteligencia rigurosa. Una corriente me arrastra abajo y otra corriente arriba. Mi esquizofrenia no es mi identidad, pero es el lugar desde el que escribo. No quiero curarla con la prosa, pero quiero comprenderla, mirarla de frente, hacerla hablar. Convertí mi vida en un teatro verbal. A veces hago de la intimidad un bochornoso espectáculo.

Permítanme que les hable con la mano en el corazón: la tradición romántica embelleció el suicidio, lo convirtió en gesto heroico o estético. Pero la realidad es más áspera: no hay grandeza, sino desgaste, agotamiento, una erosión progresiva de la capacidad de vivir. En el extremo de la experiencia, el lenguaje se vuelve insuficiente. Sin embargo, algunos escritores —los más exigentes— no abandonan el lenguaje, sino que lo fuerzan hasta el límite para decir lo que parece indecible. En eso estamos, escribiendo y sobreviviendo.

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