Charles 202

Desearía una prosa rica, abundante, material, casi táctil, de una plasticidad extraordinaria. Sin quincallas de tosca sequedad ni deshilachada pobreza: todo color, sonoridad. Donde cada frase parezca modelada con un cuidado extremo, como si quisiera apurar todas las posibilidades del idioma. Un nevero bajo un cielo de zinc, un azul de Patinir, donde el agua misma —ese elemento traicionero, móvil, y corruptor de formas— aparezca domesticado, convertido en un espejo disciplinado que devuelve, sin rebeldía, la arquitectura de Venezia.

Iluminar hallazgos como si las palabras nacieran en ese instante, e ir arrastrando cadencias, donde los tejidos de esas cadencias —sedas, brocados, terciopelos— no fueron objetos musicales, sino acontecimientos ópticos. El ritmo no caería sobre ellos: se rompería en ellos, se fragmentaría, se multiplicaría en destellos que parecen escapar de cualquier intento de fijación. Y que el ojo del lector no reposara, se arrastraría de detalle en detalle de la incendiada masa verbal.

Una prosa de kirsch de cereza que deja un leve sabor ácido en la boca. De modulaciones continuas, impulsada por una energía en pinceladas sucesivas. Barandillas historiadas, ensortijados dedos, cúpulas naranjas del viento.

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