LIMINAR A «EL LÓGICO DE LA MORGUE»
Las reuniones en mi infancia eran una proliferación de detalles: vestidos que parecían pintados más que cosidos, voces que se entrelazaban como hilos de música ligera, y en el fondo, siempre, la conciencia de que todo aquello era ligeramente maravilloso. Estaban llenas de una luz oxigenada, de conversaciones que flotaban como lebreles del viento, de adultos que parecían pertenecer a un mundo perfectamente ordenado. Solo más tarde comprendí que aquella perfección era ya una forma de futura decadencia.
Los sabores de aquellas tardes infantiles de mis cumpleaños —el dulzor de los pasteles, la ligereza de los refrescos, el aroma tenue de las flores que adornaban la mesa— no eran para mí simples sensaciones, sino como signos que se imprimían en mí con una fuerza que no comprendía entonces, pero que más tarde habría de reconocer como el verdadero tejido melancólico de mi vida
Desde joven todo cambió. Brotó la rata negra de la psicosis. La enfermedad mental no detiene el tiempo: te detiene a ti. Y entonces el tiempo —indiferente— adquiere una cualidad cruel, porque sigue avanzando sin tu participación. Yo estaba enfermo y el mundo no lo estaba. Esa fue la primera injusticia. El enfermo vive en una especie de presente inmóvil, mientras los otros habitan el fluir del tiempo. Para él, cada día no es un paso, sino una repetición. Sentía que la vida era un tren al que ya no pertenecía: podía oírlo, incluso verlo alejarse, pero no tenía ya el derecho ni la fuerza de subir a él. Uno queda retenido en una estación interior, mientras la biografía de los demás progresa.
Las fiestas me parecían desde entonces un exceso de afirmación. Yo no tenía nada que afirmar. Rehusaba asistir a celebraciones no por desprecio, sino por incapacidad: hay estados del alma que no toleran la alegría ajena sin sentirse violentados. No ir a una fiesta es a veces la única forma de no mentir, porque hay días en que el simple hecho de felicitar a alguien se convierte en una impostura intolerable. La alegría obligatoria es una tiranía suave, pero una tiranía.
Cuando la vida se vuelve demasiado dura, demasiado confusa, uno puede refugiarse en los libros y la escritura, donde todo —aunque no sea más sencillo— es al menos más verdadero. Escribo para no estar completamente solo.
Hoy, 25 de marzo, acabé de escribir mi undécimo libro. Me regalé una botella de champán y bebí a sorbitos dos copas. Por cierto, así es como se deben leer mis libros; no de corrido, sino en sucesivos pequeños sorbitos. En cada burbuja asciende un mundo diminuto que estalla con una precisión casi cruel en el paladar, dejando tras de sí una sensación que no es exactamente placer, sino algo más refinado: la electricidad del placer. Primero la frescura, luego una ligera aspereza que se disuelve, y finalmente una expansión casi imperceptible que, más que placer, produce una forma de atención. El champán no exalta: obliga a percibir y atender.
Ojalá que en el futuro se atiendan y perciban mis libros.
