Terminé los significados. No hay retorno afectivo a lo que creí el proyecto de mi vida: escribir libros. Ultimé el undécimo y me siento vacío. Todo me parece igualmente inútil, incluso aquello que más amé. Es como si hubiera agotado el significado de las cosas sin haber vivido su sustancia. Uno queda frente a lo esencial: una vida que no se justifica por sí misma. Escribir me sostenía. Ahora siento que incluso eso se me escapa. Ya no puedo apoyarme en nada. Lo que era núcleo se vuelve exterior.
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No remonto. Soy incapaz de vivir con los hombres. Como si me hubieran dejado fuera de la construcción del mundo y ahora tuviera que imitar gestos cuya lógica desconozco. No participo: desaparezco.
A veces me parece que no soy nadie en absoluto; que no hay centro en mí, sino solo percepciones que pasan, se rozan y se disuelven. Y entonces pienso: ¿quién siente esto? Y no hay respuesta. Mi existencia, considerada en sí misma, no tiene más valor que la de cualquier insecto que nace y muere sin dejar rastro.
Todo lo que hacemos es ridículo. Pensar, escribir, hablar… todo carece de fundamento. Nos movemos dentro de una farsa que solo se sostiene porque nadie quiere admitir su vacío.
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No soy del todo libre mentalmente. Hay verdades que prefiero no soportar, mi lenguaje interior no está limpio del todo, y no me desprendo de la inercia y presión invisible del mundo.
La mayoría de las conciencias no piensa: repite. La libertad mental comienza cuando uno advierte hasta qué punto su pensamiento está compuesto de fragmentos ajenos. Michel de Montaigne escribió:
“La mayor cosa del mundo es saber ser dueño de uno mismo. No seguimos nuestras propias ideas: seguimos las de otros, y vivimos como arrastrados por el torrente común.”
Aquí la libertad no es crear ideas originales (eso es secundario), sino interrumpir la obediencia automática. Pensar por cuenta propia es ya una forma de resistencia.
Me resulta dolorosa esa música cognitiva de Montaigne por la desafinación de mi lenguaje interior.
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Me duele escribir sobre Noelia. Ahora ya está en la playa del universo, en un cielo galvanizado de rosas. D.E.P.
Lo que quiero resaltar es el repugnante circo mediático que se montó con su suicidio. Se transgredieron elementales principios de decencia y privacidad.
Susan Sontag: “Hay algo obsceno en la contemplación del dolor ajeno cuando no se traduce en acción. Ver demasiado puede insensibilizar. La imagen del sufrimiento puede convertirse en una forma de consumo, una experiencia más entre otras”.
El medio no necesita mentir: le basta con intensificar. Donde hay un hecho, introduce una escena; donde hay una escena, introduce una emoción; donde hay una emoción, introduce repetición. Y así, sin necesidad de falsificar del todo, logra algo más eficaz: vuelve irrelevante la verdad. El mundo no desaparece: se vuelve indistinguible de su caricatura.
Descansa, Noelia. El hombre no es bueno ni noble. Descansa en la dulce refracción de las estrellas.
